Rumbo al cambio verdadero

MORENA la esperanza de México

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Raquel Sosa Elízaga

La traición de Zedillo: las compañías petroleras y la expropiación

(Periódico Regeneración)

 

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Raquel Sosa Elízaga

Los episodios fundamentales de la historia de un país, como de la humanidad, descubren la grandeza o la mezquindad de quienes son puestos a prueba por las circunstancias. Tal vez nadie puede anticipar cuál será su comportamiento en los momentos estelares de la historia de su pueblo, de su destino como ser humano. (Cf. Zweig, 1930).  Esta pequeña historia del momento que vivió México entre los años de 1937 y 1938 trata de protagonistas cuya actuación simultánea y contradictoria puso en evidencia los límites y potencialidades de nuestra soberanía. Lección entonces, lección para los tiempos de ahora.

Las compañías petroleras, dueñas de México

 Desde que en 1901 Porfirio Díaz autorizó las primeras concesiones para la exploración y explotación del petróleo a compañías extranjeras, el territorio del país se convirtió en un inmenso campo dispuesto al arbitrio de la ambición. Los primeros contratos fueron establecidos con S. Pearson & Son Limited, Huasteca Petroleum Company, y Compañía Trascontinental de Petróleo SA.

 A la Pearson, antecesora de El Aguila, se le otorgó concesión para la explotación de terrenos nacionales o baldíos en prácticamente toda la costa del Golfo. No obstante, y para evitar pago de impuestos, desarrolló y explotó terrenos particulares. Entre los hechos insólitos del inicio de esta historia, está la firma en 1906 de un contrato entre Lorenzo Elízaga, representante de la Pearson y simultáneamente, Subsecretario encargado de la Secretaría de Estado y del Despacho de Fomento.  Este contrato autorizaba a la compañía para que

por sí o por medio de la compañía o compañías que organizara, pudiera practicar exploraciones en el subsuelo de los lagos, lagunas, albuferas, terrenos baldíos y nacionales, así como también en aquellos cuyo título de propiedad hubiese sido expedido por el Gobierno Federal con reserva del subsuelo: la autorización abarcaba en el Estado de Veracruz y su fin era el de descubrir las fuentes de petróleo o en general los criaderos de carburos e hidrocarburos de hidrógeno y sus derivados. “(Silva Herzog, 1947: 29,30).

Los concesionarios se obligaban a invertir en exploraciones y explotaciones en los siete años siguientes, ochocientos mil pesos; establecer una refinería de ensayo; y a cambio, tenían franquicia de exportación, libre de todo impuesto, de “productos naturales refinados o elaborados que procedieran de la explotación; e importar las máquinas y materiales que requirieran, libres de derechos, durante la vigencia del contrato. El capital invertido quedaba libre de impuestos federales durante todo el tiempo de la vigencia del contrato (Silva Herzog, 1947: 30,31). El contrato fue sometido a la Cámara de Diputados y aprobado el 23 de abril de 1906.

 El desarrollo de la industria petrolera continuó, sin contratiempos, incluso durante la lucha armada. Hacia 1914, el Presidente de la Mexican Petroleum Co., presentaba a los accionistas de la empresa en Los Angeles, California, un informe en que señalaba los avances logrados en la exploración petrolera en esas inmensas extensiones concesionadas. Comentaba, por ejemplo, “En verdad, el que esto escribe, nunca ha visto nada que pueda compararse con eso…” Y luego se refería a los trabajadores:

Permitidme decir aquí, en contra de todo lo que antes se ha dicho o pueda decirse después, que el peón mexicano es y ha sido para con nosotros desde un principio, un empleado de lo más satisfactorio. Desempeña su labor lo mismo en el tiempo frío y lluvioso de la estación de los nortes, que al rayo del sol tropical del mediodía, con tanta energía y mucho más buen humor que el tipo medio del obrero de cualquiera clase conocida por los patrones americanos…

Durante más de tres años de lucha intestina, en un país de carácter abrupto y salvaje, escasamente poblado, con pocos ferrocarriles y menos caminos carreteros… ningún ataque fue cometido jamás sobre nuestros empleados o nuestras compañías en los campos de petróleo. (Citado por Silva Herzog, 2008: 418)

Para 1937, del territorio nacional se habían concesionado 2, 615,525 hectáreas a las 150 compañías, incluidas filiales y subsidiarias, registradas por el Departamento de Petróleo de la Secretaría de la Economía Nacional y autorizadas para efectuar “trabajos de exploración o explotación petrolera”. De entre las compañías, dos controlaban el 74% de la producción: Royal Dutch Shell, a través de la Compañía Mexicana de Petróleo El Aguila, y Standard Oil, a través de Huasteca Petroleum Co. (Silva Herzog, 2008: 405).

 Como puede apreciarse en esta información, la participación de la industria nacional en la renta petrolera era absolutamente minoritaria. Por lo demás, la mayor parte de la producción se exportaba, fundamentalmente, a los Estados Unidos. Vivíamos en la terrible condición de que se extrajera petróleo de nuestro subsuelo; se llevara a los Estados Unidos, y volviera a territorio nacional como combustible a precio mucho más alto que el que se hubiera pagado en los propios Estados Unidos! (Silva Herzog, 1947)

 El conflicto laboral como expresión de los límites de la soberanía

 Como es bien sabido, el conflicto del gobierno de México con las compañías petroleras se inició como un conflicto laboral. Quienes, como Lázaro Cárdenas, conocían de los manejos de las compañías, sabían que en los terrenos en los que llevaban a cabo trabajos de exploración o explotación no regían otras leyes que las de la discriminación, el maltrato y el desprecio hacia los mexicanos. Dueños y directivos de las compañías habían sorteado sus caminos corrompiendo a los funcionarios públicos, evadiendo el cumplimiento de la ley, y estableciendo sus propios regímenes laborales, en los que evitaron de manera permanente que los mexicanos tuvieran influencia o conocimiento.

 Largos años pasaron sin que el gobierno federal, los gobernadores de los estados e incluso el Congreso de la Unión intentaran abrirse camino en la que representaba un régimen de cómoda autonomía para las compañías. Eso hace mucho más impactante que, sin sus medios ni condiciones, los trabajadores petroleros hubieran podido comunicarse unos con otros, hasta lograr la unificación de sus demandas y constituir un solo sindicato. A mediados de 1936, el pliego de demandas de los trabajadores suponía un conocimiento de la dimensión de las ganancias de las compañías, y de sus posibilidades de mejorar las condiciones de trabajo y el salario en los campos. La suya fue, indudablemente, pista certera que condujo a construir un conocimiento completo de su contabilidad y, desde luego, de la impunidad e inmunidad de que gozaban ante la justicia mexicana.

 Si la demanda de los trabajadores significaba un incremento en las erogaciones de las compañías del orden de sesenta millones de pesos –considerado como inviable por el gobierno mexicano-, lo cierto es que, una vez adentrados en el terreno de lo que representaba el poder de las compañías, el impulso siguiente, y la apertura de nuevos horizontes de visibilidad, para los trabajadores y el país, pudieron realizarse gracias, precisamente, a la soberbia de quienes se sentían y sabían dueños incuestionados de México.

 El procedimiento que se siguió para este fin es también ampliamente conocido: la interposición de un Conflicto de orden económico ante la Junta Federal de Conciliación y Arbitraje abrió la caja de Pandora. Las compañías estaban obligadas a informar al gobierno mexicano de su contabilidad y de sus capacidades para atender los requerimientos de los trabajadores. A la distancia, la audacia del movimiento y lo que desató no puede dejar de parecernos un genial tejido de estrategias para la recuperación de la soberanía.

 El estudio debía llevarse a cabo en un mes y contó, por una parte, con la conducción de Efraín Buenrostro, Jesús Silva Herzog y Esteban Moctezuma, así como de “un centenar de contadores, administradores, ingenieros, abogados”,  y el despliegue de todas las capacidades del gobierno mexicano, de sus académicos y de sus embajadores y funcionarios en todo el mundo. Se trataba de averiguar, a toda velocidad: sobre los precios diferenciados del petróleo a nivel internacional, de las dimensiones de la industria en el país, y del volumen, lo más exacto posible, de gastos y ganancias de las compañías. La obra maestra del conocimiento de México se realizó en treinta días.

 Del informe (que consta de 2,700 cuartillas) y sus conclusiones dio extensa cuenta Jesús Silva Herzog. Destaca en ellas la certeza de que las compañías petroleras no habían contribuido en absoluto al desarrollo nacional. Reproducimos aquí las seis primeras conclusiones del citado informe:

1ª. Las principales empresas petroleras que operan en México forman parte de grandes unidades económicas norteamericanas e inglesas.

2ª. Las principales empresas petroleras que operan en México nunca han estado vinculadas al país, y sus intereses han sido siempre ajenos, y en ocasiones opuestos, al interés nacional.

 3ª: Las principales empresas petroleras que operan en México no han dejado a la República sino salarios e impuestos sin que en realidad hayan aportado su cooperación al progreso social de México.

 4ª. Las principales empresas petroleras que operan en México han obtenido utilidades de la explotación del subsuelo positivamente cuantiosas. No es posible calcular su monto; pero puede afirmarse, con criterio conservador, que la mayoría de ellas recuperaron el capital invertido hace más de un decenio.

 5ª. La industria petrolera, mundialmente considerada, es en su aspecto financiero más importante que cualquiera otra industria.

6ª. Los grandes intereses petroleros han influido en más de una ocasión en acontecimientos políticos tanto nacionales como internacionales. (Silva Herzog, 2008, 80 y sigs..)

 Desde luego, el informe abunda en temas centrales y de gran actualidad hoy: analiza el modo en que las compañías sistemáticamente mintieron sobre sus vínculos internacionales, sus inversiones y sus ganancias; refiere el incremento constante del precio internacional del petróleo, la disminución de la producción y el agotamiento de muchos de los pozos explotados por las empresas;  enfatiza la obtención de ilegales e ilegítimas ganancias producto del sobreprecio de derivados del petróleo en México (calculado entre 177 y 134%), así como la disminución del poder adquisitivo de los trabajadores. El énfasis principal, sin embargo, está en señalar que la mayor parte de la producción petrolera de México beneficiaba a sólo dos países: Estados Unidos e Inglaterra.

 A pesar de este detallado conocimiento, el gobierno mexicano continuó los procedimientos legales  hasta sus últimas consecuencias, y exigió a las compañías un incremento del orden de los 26 millones de pesos (inicialmente, las compañías habían ofrecido a los trabajadores 14 millones).  Contra la prudencia mostrada por México, las empresas petroleras lanzaron la más grande y feroz campaña en contra del gobierno  y de los trabajadores de nuestro país que jamás hubiera sido vista, y a la cual no encontraron una sola respuesta. En los meses del conflicto se multiplicaron insultos y amenazas. Las compañías presionaron incluso para quebrar las finanzas del país ejerciendo una presión extraordinaria sobre las reservas monetarias. El gobierno no cedió y el 18 de marzo de 1938 llevó a cabo el mayor acto de recuperación de nuestra soberanía de la historia de México: la expropiación retumba hasta el día de hoy en los pasillos de las ambiciosas compañías que no se resignan, setenta y cinco años después, a haber perdido el mayor y más jugoso negocio que jamás hubieran tenido en sus manos. Un solo artículo del Decreto:

 Artículo 1º. Se declaran expropiados por causa de utilidad pública y a favor de la Nación la maquinaria, instalaciones, edificios, oleoductos, refinerías, tanques de almacenamiento, vías de comunicación, carros tanques, estaciones de distribución, embarcaciones y todos los demás bienes muebles e inmuebles de propiedad de la Compañía Mexicana de Petróleo El Aguila, S.A., Compañía Naviera de San Cristóbal, S.A., Compañía Naviera de San Ricardo, S.A., Huasteca Petroleum Company, Sinclair Pierce Oil Company, Mexican Sinclair Petroleum Corporation, Stanford y Compañía, S. en C., Penn Mex Fuel Company, Richmond Petroleum Company de México, California Standard Oil Company of Mexico, Compañía Petrolera el Agwi, S.A, Compañía de Gas y Combustible Imperio, Consolidated Oil Company of Mexico, Compañía Mexicana de Vapores San Antonio S:A., Sabalo Transportation Company, Charita S.A. y Cacalilao, S.A, en cuanto sean necesarios, a juicio de la Secretaría de la Economía Nacional, para el descubrimiento, captación, conducción, almacenamiento, refinamiento y distribución de los productos de la industria petrolera.(Silva Herzog, 2008, 111, 112)

En el largo manifiesto que acompañaba al decreto, Lázaro Cárdenas mostraba el amplio conocimiento que tenía de la industria, la experiencia producto de un largo contacto con los dueños de los campos petroleros, y los perjuicios sufridos a causa suya  por el pueblo de México. Decía:

Examinemos la obra social de las empresas: ¿En cuántos de los pueblos cercanos a las explotaciones petroleras hay un hospital, o una escuela, o un centro social, o una obra de aprovisionamiento o saneamiento de agua, o un campo deportivo, o una planta de luz, aunque fuera a base de los muchos millones de metros cúbicos del gas que desperdician las explotaciones?

¿En cuál centro de actividad petrolífera, en cambio, no existe una policía privada destinada a salvaguardar intereses particulares, egoístas y alguna vez ilegales?…

¿Quién no sabe o conoce la diferencia irritante que norma la construcción de los campamentos de las compañías? Confort para el personal extranjero; mediocridad, miseria e insalubridad para los nacionales. Refrigeración y protección contra insectos para los primeros; indiferencia y abandono, médicos y medicinas siempre regateadas,  para los segundos. Salarios inferiores y trabajos rudos ya agotantes para los nuestros.

 Abuso de una tolerancia que se creó al amparo de la ignorancia, de la prevaricación y de la debilidad de los dirigentes del País, es cierto, pero cuya urdimbre pusieron en juego los inversionistas que no supieron encontrar suficientes recursos morales que dar en pago de la riqueza que han venido disfrutando. (Cárdenas en Silva Herzog, 1947:120).

 Soberanía nacional y guerra mundial: las compañías petroleras

Hacía mucho tiempo que las compañías petroleras se habían constituido como actores independientes en el escenario internacional. Por encima de gobiernos poderosos, como el inglés y el norteamericano, establecían sus propias alianzas y relaciones, y aseguraban sus mercados. La proximidad de la nueva gran guerra les dio una oportunidad dorada más de tender sus tentáculos hasta el diablo mismo en un juego tan peligroso como inconveniente. La defensa de sus intereses como si se tratara de los de simples ciudadanos norteamericanos e ingleses topó rápidamente con el conocimiento que la diplomacia norteamericana tenía de sus tratos con la mayor amenaza del orbe: Hitler. No sólo negaban las compañías la jurisdicción del gobierno mexicano en sus negocios en territorio nacional: su soberbia los condujo a jugar directamente en contra de la política estratégica de los Estados Unidos mismo! Franklin Delano Roosevelt, Presidente de los Estados Unidos, y Cordell Hull, Secretario de Estado, advirtieron del peligro que representaría la plena soberanía de las empresas y decidieron dar un artero golpe a su soberbia, negándoles apoyo para revertir la expropiación petrolera de México.

 Perdido el litigio con el gobierno mexicano, las compañías consideraron que no les quedaba otro camino que el de la construcción artificial de un gran desorden en México. Era, a su modo, una respuesta a los Estados Unidos por su miopía en el trato de la que podría convertirse una gran amenaza en su frontera sur; y una respuesta al gobierno mexicano, cuya estabilidad política les pareció sencillo desarticular.

 Saturnino Cedillo: la ambición que condujo a la traición

Compañero antiguo de Lázaro Cárdenas, Saturnino Cedillo intentó vanamente realizar su propia reforma agraria como Secretario de Agricultura. Su ilusión se disolvió cuando se abrieron paso los masivos repartos de tierras y la creación de ejidos colectivos. Cedillo decidió entonces volver a su tierra, San Luis Potosí, donde comenzó a relacionarse con una red de contrabandistas de armas basado en Texas, con Nicolás Rodríguez y con el nazi Arthur Dietrich. (Sosa, 1996:207)

Sus partidarios en San Luis Potosí y Tamaulipas salían a las calles a gritar mueras a Cárdenas y prometían seguir a Cedillo hasta sus últimas consecuencias… Los cedillistas irrumpían a balazos para disolver cualquier evento en que participara un funcionario del gobierno federal. Ser cardenista en San Luis Potosí se volvió extremadamente peligroso (Sosa, 1996:209,210).

Las redes de Cedillo se ampliaron pronto hasta alcanzar al piloto norteamericano Cloyd Clavenger, “agente suyo ante las compañías petroleras”, y a los nazis de la zona cafetalera del Soconusco y de Guatemala. A mediados de 1938, la revista norteamericana Ken publicó un extenso artículo detallando los movimientos de las “redes de inteligencia japonesa, italiana y alemana en México.” Cedillo se movía entre ellas como pez en el agua. (Sosa, 216)

 El flujo de armas desde la frontera fue auspiciado y protegido por el gobernador sonorense, Román Yocupicio. El agente alemán Barón Ernst Von Merck amenazó en algún momento con dar a conocer “el atentado criminal que se planeaba contra Cedillo” y que lo obligaba a rebelarse contra el gobierno del General Cárdenas. (Sosa, 1996:222). Separado definitivamente del ejército, Saturnino Cedillo se levantó en armas el 17 de mayo de 1938. En un Manifiesto a la Nación, Cedillo explicaba:

No conozco a ninguno de los empresarios de las compañías petroleras, ni tampoco tengo ligas con el fachismo, pues lucho y lucharé hasta el fin en contra del carácter comunista que Cárdenas pretende implantar en todas las dotaciones ejidales del país.” (Cedillo, 1938)

La rebelión de Cedillo fue dispersada en quince días. Sus expectativas de recibir de sus socios alemanes grandes cargamentos de armas y balas no se cumplieron. Sus socios huyeron a los Estados Unidos, mientras él se refugió en su pueblo, Ciudad del Maíz. Las compañías petroleras se vieron obligadas a deslindarse de una aventura que tuvo la mecha muy corta. Solo y huyendo a salto de mata, Cedillo fue atrapado en la Sierra de las Ventanas, cerca de Santo Durango, a 133 kilómetros de San Luis Potosí, por la carretera de Antiguo Morelos, junto con sus últimos cómplices. Murió luego de treinta y cinco minutos de escaramuza con una partida del ejército,  el 11 de enero de 1939. (Sosa, 1996:236)

 Un hombre que había sido reconocido como autoridad política y no sólo militar en el país; que creció en influencia, pese a sus escasos estudios, acompañando las hazañas armadas y la organización campesina impulsadas por Lázaro Cárdenas, selló su destino al creer que el encono de unos cuantos poderosos empresarios y un clima de incertidumbre nacional e internacional podrían derrotar al hombre que más avances logró en la transformación económica y social del país. Envidioso de su éxito, tal vez; ambicioso sin medida, seguramente, Cedillo quedó ante la historia como comparsa de una guerra que sólo se jugó entonces tras bambalinas y que derrotó, prácticamente sin derramar sangre, el pueblo de México. Las lecciones de estos momentos estelares nos siguen acompañando hoy. Son nuestros testigos.

 Referencias bibliográficas:

Cedillo, Saturnino (1938).  Manifiesto. Comandante en Jefe del Ejército Constitucionalista Mexicano, SLP, 1º de mayo. AGN, FLC, 559.1/53-7.

Silva Herzog, Jesús (1947) [1973] Historia de la expropiación de las empresas petroleras. México, Instituto Mexicano de Investigaciones Económicas.

Silva Herzog, Jesús (2008). El petróleo de México. Obras, Tomo 7. México, El Colegio Nacional.

Sosa Elízaga, Raquel (1996). Los códigos ocultos del cardenismo. México, Plaza y Valdés.

Zweig, Stefan (1930). Momentos estelares de la humanidad.  bit.ly/1hT2tGY

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