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Manuel Pérez Rocha

Charlatanería económica imperial

(La Jornada)

 

Manuel Pérez Rocha

 

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Hace unos días murió Gary Becker. Prestar atención a este académico de la Universidad de Chicago se justifica por su influencia en ciertos ámbitos (véase por ejemplo el Financial Times y el Washington Post de estos días) a pesar del nulo valor intrínseco de sus teorías, calificadas por algunos de sus críticos como charlatanería. Becker, premio Nobel de Economía, fue el exponente más crudo de la ideología que constituye el cemento subjetivo del criminal sistema político-económico que domina el mundo, ideología que se presenta como una ciencia que invade ámbitos públicos y privados. Incluso en la otrora crítica Facultad de Economía de la UNAM hoy se atribuye en exclusiva el título de teoría económica a la corriente ideológica llevada por Becker a sus extremos; en el plan de estudios de esa escuela todo lo demás –Keynes, Marx y muchos otros– se amontona en un amasijo sin concierto titulado economía política, cuyas propuestas ahí no reciben siquiera la categoría de otras teorías económicas.

Una forma de definir una ciencia es atendiendo a su objeto: la biología es la ciencia que estudia los seres vivos, la astronomía estudia los objetos que constituyen el universo. Durante mucho tiempo se discutió acerca del objeto de la ciencia económica y diversos autores construyeron de esa manera varias definiciones de esta disciplina. Según Becker, discutir el objeto de esa ciencia es un error, pues para él la economía es un método que puede estudiar y explicar todo; bueno, no todo, no se aventuró a aplicarlo al movimiento de los planetas, pero sí todo lo que tiene que ver con el comportamiento de los individuos y la sociedad. Él, como su maestro Milton Friedman y sus seguidores, se empeñaron en construir una teoría de precios que explica, según ellos, todo comportamiento humano y nos permite comprender el mundo. Atropellan así a todas las ciencia sociales y naturales, a la historia, a la filosofía, y lo hacen con plena conciencia, incluso hacen alarde de su benéfica actitud imperialista en el mundo de la cultura y las ciencias. Ignoran olímpicamente los problemas y aportes de las ciencias y las humanidades a complejas cuestiones como la mente, la conciencia, la libertad, las teorías de la acción, entre otras.

¿Cuál es ese milagroso método? ¿En qué se basa? Los principios de ese método son la ley de la oferta y la demanda elevada a la categoría de ley natural, el análisis costo-beneficio, el cálculo de la utilidad marginal y los incentivos concebidos al más puro estilo conductista. Ese método se basa en un concepto burdo de razón y de racionalidad que ni la filosofía, ni las teorías sicológicas serias pueden avalar; ese método se basa en una teoría acerca del comportamiento de los individuos contraria a la experiencia diaria. Para estos economistas, todos los seres humanos actúan sólo en función de su propio interés y esto es racional; la razón, para ellos, consiste en analizar las diversas opciones que la vida nos presenta y tomar decisiones alejadas de cualquier consideración ética, en función del interés propio; el famoso análisis costo-beneficio que se traduce en el cálculo de la tasa de retorno en pesos y centavos.

Así, para Becker, las decisiones de cuántos hijos tener, casarse o divorciarse, dedicarse al arte o a hacer negocios, cometer un crimen o no cometerlo, y otras muchas, son racionales si atendemos a nuestro interés después de comparar costos y beneficios, y si estamos dispuestos a pagar los costos para obtener los beneficios. Además, según Becker, esto no es mera teoría, es un descubrimiento científico.

La realidad es otra, una experiencia universal incuestionable es que sólo por excepción tomamos decisiones con esa frialdad y simplismo que plantea la teoría económica de Becker y la cual usurpa el carácter ciencia. Son pocas las circunstancias en las cuales actuamos de esa manera. Decidimos en medio de la incertidumbre. Condicionados por falta de información, en nuestras decisiones intervienen muchas creencias; decidimos afectados por nuestro estado de ánimo, por relaciones afectivas, por toda nuestra subjetividad, por nuestra historia y cultura, por la influencia de la propaganda, y presumiblemente por nuestra conciencia ética. La posición de Becker es un caso típico en el que la ciencia, cuyo fin es explicar la experiencia, se usa para negarla. Un truco que usa para llegar a sus conclusiones es convertir simples correlaciones estadísticas en relaciones causales y leyes naturales.

Becker fue, cabe repetirlo, el exponente más crudo de esa ideología en la que se sustenta la hegemonía del capital. Esto debería agradecérsele, y aprovecharse para desarrollar una crítica firme. Sin embargo, los economistas, aun los de izquierda, fieles a su gremio y su disciplina institucionalizada avalan el carácter de ciencia de esta ideología. Con el mismo infundado juicio, los filósofos se mantienen a distancia.

La obra de Becker es vasta y podría alguien decir que las pinceladas presentadas en estos renglones son una caricatura. No es así, he transcrito frases de este premio Nobel y podemos encontrarlas en pronunciamientos de sus seguidores, incluyendo los muchos que tiene en México, por ejemplo en el ITAM y otras instituciones privadas cuyos egresados ocupan puestos clave en el gobierno federal y otros espacios públicos controlados por el PAN, el PRI y el PRD (véase Proceso de esta semana).

Una de las aplicaciones concretas y funestas de estas teorías ha sido la construcción de una línea de análisis denominada economía de la educación, que ha servido de base para imponer políticas educativas desastrosas. El concepto central de esta economía de la educación es el capital humano. Su aplicación a rajatabla en el sistema educativo chileno en la época de Pinochet, asesorado por los Chicago Boys, es la causa de la grave crisis que vive el sistema educativo de ese país. Lo mismo ocurre en Estados Unidos con la crisis del pago de los créditos de los estudiantes universitarios. En el México reciente inspiró el programa de financiamiento de la educación superior impuesto por Felipe Calderón, pero desde la época de Echeverría la Secretaría de Hacienda y Crédito Público recurre a ella. Este tema amerita otro artículo.

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