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Rumbo a la cuarta transformación de México

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Octavio Rodríguez Araujo

Representación proporcional y pluralidad

(La Jornada)

 

Octavio Rodriguez Araujo

 

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Disminuir la representación proporcional en el Congreso de la Unión, acción propuesta por la dirección del PRI, es aprovecharse del sentimiento generalizado en contra de diputados y senadores por su triste papel en el deseable contrapeso al Poder Ejecutivo. Digo aprovecharse pues la finalidad de dicha propuesta es garantizarle al PRI y al Presidente de la República un camino menos empedrado para hacer del país lo que les da la gana.

Muchos han externado su acuerdo porque consideran que 1) el Congreso de la Unión es muy caro para la población y 2) porque piensan que no son necesarios tantos legisladores.

Yo estaría de acuerdo en la desaparición de los senadores de representación proporcional, y así lo expresé hace varios años cuando se discutió dicha reforma. Si la idea es que cada entidad federativa tenga representantes en el Senado, los senadores por lista salen sobrando, pues sólo representan al partido que los llevó a esos cargos. El pacto federal, pese a ser un tanto artificial, queda más en entredicho en la llamada cámara alta.

Pero otra cosa son los diputados. Éstos, en principio, representan a la nación, no a una entidad ni a un partido. En este punto es donde surgen las confusiones, y es así que se dice que si fueron elegidos de listas presentadas por los partidos entonces representan a éstos y no a la nación. Es un eufemismo. Todos los diputados (al igual que los senadores, aunque sólo fueran por mayoría) guardan lealtades con los partidos que los postularon, pero su función es representar los intereses del país en su conjunto. Y aquí está la parte importante de la representación proporcional: cada diputado juzga o interpreta los intereses de la nación en función de su orientación política que, se supone, corresponde a la del partido al que pertenece y que lo llevó al cargo. Los diputados no tienen por qué ser neutrales ante los grandes problemas de la nación y de sus pobladores.

Si se eliminaran o se disminuyeran los diputados plurinominales se tendería a dejar a los partidos minoritarios sin representación en el Legislativo. Esto, a su vez, se traduciría en 1) disminuir la pluralidad política e ideológica en la Cámara y 2) favorecer a los partidos mayoritarios que, entre otras ventajas, tienen más recursos económicos a su disposición para las campañas electorales de sus candidatos. Ya les subieron a los partidos menores el porcentaje para conservar su registro, ¿se querría también que desaparecieran del Congreso al no lograr diputados plurinominales? Tal parece.

La representación proporcional es más equitativa que la uninominal, también llamada de mayoría relativa (un distrito, un diputado). Esto es claro pues por mayoría relativa los partidos mayoritarios obtendrán sobrerrepresentación en la Cámara, como ocurría antes de la existencia de los diputados de partido en 1963. Con aquella reforma la Cámara de Diputados dejó de ser casi monocolor, pero no lo suficiente. Fue necesaria la reforma de 1977 para que la pluralidad pudiera existir y para que la oposición tuviera la oportunidad de fortalecerse. En 1977 se introdujeron no sólo las facilidades para registrar nuevos partidos sino también la representación propiamente proporcional (primero de 100 diputados y luego de 200). Esta discusión es vieja y hoy en día nadie tiene duda de que los partidos mayoritarios quedarían sobrerrepresentados por la vía del sufragio de mayoría relativa. El experto José Woldenberg mencionó un ejemplo con el que estoy de acuerdo: Si en el año 2012 solamente hubiesen existido 300 distritos, el PRI con 31.93 por ciento de los votos hubiese alcanzado 54.66 por ciento de los escaños (164 de 300), una desproporción de más de 22 puntos porcentuales ( Reforma, 28/8/14), es decir, sobrerrepresentación y menores posibilidades de que la pluralidad se dé en la Cámara de Diputados.

La pluralidad, se dice, llegó para quedarse y hoy en día muy pocos estarían de acuerdo en regresar a un régimen monopartidista (aunque fuera sólo de facto). La proporcionalidad es la que garantiza una mayor pluralidad y la representación de diversas ideologías y grupos sociales. Y la competencia partidaria no sería sólo entre los partidos que, para ganar, se corrieron al centro, sino que los de derecha o de izquierda también tendrían defensores en la tribuna de diputados para, por lo menos, hacer oír su voz y, a través de ellos, la de las clases sociales que dicen representar. Como bien lo señalaran Cotteret y Emeri en su clásico libro Los sistemas electorales, la representación proporcional satisface mejor el pluralismo democrático que ningún otro modo de escrutinio.

En relación con el costo de nuestro parlamento, el problema no es el número de diputados sino los sueldos y prestaciones que ellos mismos se aprueban cada año. Mejor disminuir sus ingresos y sus gastos que el número de legisladores a costa de las minorías, que también tienen derecho a opinar y a legislar según las negociaciones que logren con otros partidos.

La lógica de los priístas ha sido evidente desde que sólo invitaron al Pacto por México a los dos principales partidos de supuesta oposición (PAN y PRD). En la Cámara, los únicos que tuvieron posiciones más o menos independientes ante las reformas peñistas fueron los minoritarios con diputados de representación proporcional, concretamente el Partido del Trabajo y el del Movimiento Ciudadano, además de algunos (aislados y muy pocos) de los otros partidos.

Disminuir o eliminar (como han propuesto otros) los diputados de representación proporcional es quitarle el contrapeso (aunque sea testimonial) al partido hoy gobernante y sus aliados de siempre.

rodriguezaraujo.unam.mx

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