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Rumbo a la cuarta transformación de México

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Tatiana Coll

El crimen de Estado y las buenas conciencias

(La Jornada)

 

Tatiana Coll

 

Tatiana Coll

Iguala no es el Estado mexicano, así responde iracundo y tajante el procurador general de justicia del país frente a un reportero que le pregunta sobre el sentir general de que nos encontramos frente a un crimen de Estado cuando no hay respuestas ciertas ante la desaparición de 43 estudiantes y el asesinato y tortura de otras seis personas más. El procurador está muy cansado e irritable, le molestan las preguntas necias: ¿acaso no entendió?, es claro que después de 42 días de una muy agotadora búsqueda –dice– hemos logrado finalmente encontrar a los verdaderos culpables directos, tres miembros del último peldaño de la banda criminal. Para demostrarlo ellos escenifican en un burdo montaje –montado muy especialmente para la opinión televisiva– que todo sucedió así nomás, que ellos no saben por qué, ni para qué, ni quiénes fueron, pero que allí los apilaron, que allí los mataron, que allí los aventaron y que allí los quemaron y que ahora no queda nada, ninguna prueba real, ni vestigio comprobable de 43 jóvenes dignos y vivos que subieron a las patrullas los policías, último dato documentado. ¿Por qué, entonces, insistir en que es un crimen de Estado, cuando sólo es un crimen de los criminales comunes y corrientes?

Porque todos nosotros tenemos aún muchas preguntas: ¿acaso las autoridades e instituciones involucradas en este bestial hecho en Iguala y en Guerrero, no forman parte del Estado mexicano? ¿Cuántos presidentes municipales, autoridades diversas, gobernadores, jueces, policías y militares en Tamaulipas, Michoacán, Sinaloa, estado de México, Veracruz y el resto del país no están coludidos con el crimen organizado, en realidad organizado con, por y para los diferentes niveles del Estado? ¿Quién es realmente responsable por esos cientos de fosas y cadáveres sin nombre que aparecen constantemente desde hace años? ¿Quién es responsable de la absoluta impunidad frente a miles de víctimas, mujeres, niños, hombres, ancianos, migrantes? ¿Qué justicia existe para los padres de la guardería ABC, frente al derrame de toneladas de contaminantes en los ríos, a los asesinatos de líderes comunitarios, a los fraudes descomunales? Y la pregunta más acuciante hoy día: ¿dónde están los 43 muchachos? Estas son las preguntas que todos nos hacemos desde hace años, no son nuevas, son siempre las mismas, y la única diferencia es que las víctimas crecen y crecen. Si el Estado no es responsable, entonces no cumple función alguna frente a la sociedad.

Ahora el espanto que han vivido los padres de los desaparecidos se ha apoderado de todos. En algunos de nosotros se manifiesta como una enorme rabia, en otros como asombro, incredulidad incluso, y en algunos como temor hacia la tempestad que la ira por la dignidad violentada puede levantar. Bien dice el dicho popular El que siembra vientos, cosecha tempestades. Hoy día, después de 40 jornadas infructuosas de marchas y demandas, frente al montaje gubernamental la irritación se vuelca a las calles. La insurgencia cívica apenas empieza, encabezada por los movimientos sociales de Guerrero. Cada día que pasa sin respuestas ciertas aumenta el coraje.

Las buenas conciencias de algunos que al principio aparecieron conmovidos frente a las pantallas, frente a los padres de familia, frente a los estudiantes, frente a la dimensión del crimen, empiezan a tambalearse, empiezan a deslindarse de las víctimas, vuelven a su manoseado discurso de la no violencia. Los comentaristas televisivos regresan fácilmente a la nota roja: ¡Actos vandálicos se están realizando en Chilpancingo!, incriminan como siempre a los violentos e incontrolables estudiantes normalistas. Poco falta para que olviden totalmente las causas brutales, casi inimaginables, que han llevado a estos actos. Milenio, Televisa y hasta Canal 11 encabezan esta andanada que pontifica diariamente sobre los actos y las marchas correctas frente a las transgresoras, lavándose las manos de toda la enorme responsabilidad que tienen al realizar campañas sistemáticas de acusaciones y linchamiento contra los normalistas rurales, los maestros democráticos, las organizaciones comunitarias, los movimientos sociales, desde hace años. No le exigen con esa misma voz al gobierno, son parte del entramado oficial.

Jean Paul Sartre, en el magnífico prólogo que escribió en 1961 para el también magnífico libro de Frantz Fanon, Los condenados de la Tierra –donde el autor desmenuza con gran lucidez el origen de la violencia de los condenados por 500 años de colonialismo–, termina increpando a las buenas conciencias francesas que callaban frente a los crímenes realizados en Argelia por su culto Estado, les dice que ha llegado el momento del bumerán, el tercer tiempo de la violencia: el levantamiento de los oprimidos, cuando ésta se vuelve contra nosotros los perpetradores, entonces la izquierda metropolitana se siente molesta a pesar de que conoce las verdaderas causas, tampoco condena esta rebeldía sabiendo que se ha hecho tanto por provocarla, pero de todos modos, piensa, ¡hay límites!, ¡van demasiado lejos!, Así no los apoyaremos.

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