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Rumbo a la cuarta transformación de México

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Lorenzo Meyer

AGENDA CIUDADANA

* No, no es falta de entendimiento

(El Sur de Acapulco)

 

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 Lorenzo Meyer

*La prensa internacional tampoco quiso entender que quienes dirigen el sistema político mexicano no quieren entender lo que en realidad todos entienden.

¿Qué pasó? En su edición del 23 de noviembre de 2013, The Economist ni de pasada mencionó a la corrupción como un problema del gobierno del presidente Enrique Peña Nieto. No, el gran desafío de Peña Nieto, se dijo entonces, era sólo hacer realidad la “audaz reforma energética”. Casi un año después (el 9 de agosto de 2014), la revista proclamó que el de Peña Nieto iba camino a ser uno de los pocos gobiernos “genuinamente radicales” del mundo: se había enfrentado al monopolio de Carlos Slim, había forzado a los bancos a ser más competitivos, a los maestros a ser más efectivos y, lo mejor de todo, había reformado la Constitución para lograr una auténtica “liberalización del sector energético” y acabó con el tabú nacionalista de más de 60 años. Por todo esto, el Presidente y México habían dado a los mismísimos Estados Unidos, con un Congreso dividido e impotente, una lección en “gobernanza no partidizada” (Obama ¡aprende de Peña Nieto!). Lo único que faltaba para coronar ese éxito era reanimar la economía.

Cinco meses más tarde, el análisis de la revista ha dado un giro de 180 grados. Echando mano del sarcasmo británico, en el número del 24 de enero de este año y citando a un anónimo ex funcionario público mexicano, el semanario concluye que México tiene “un presidente que no comprende que no comprende”. (A presidente who doesn’t get that he doesn’t get it) ¡Gran viraje de un gran medio internacional!

El demoledor juicio de la publicación portaestandarte del pensamiento conservador ilustrado mundial, se debe a que, a su juicio, Peña Nieto no alcanza a entender que, en su papel como gobernador del Estado de México primero y de presidente de la República después, ha incurrido en una conducta inaceptable en cualquier democracia: recibir de parte de contratistas del gobierno un trato muy favorable para adquirir varias mansiones para él, su familia y miembros de su círculo político. Sin embargo, al final del artículo aparece lo que verdaderamente preocupa y molesta a la publicación: por buscar un beneficio personal, Enrique Peña Nieto está abriendo un espacio político a los enemigos de las reformas neoliberales, a la izquierda mexicana, a Andrés Manuel López Obrador, ese “populista mesiánico” que puede echar a perder todo lo ganado.

Misión incumplida. Desde la perspectiva del medio británico, y no solamente de él, a la conducta de Peña Nieto se le llama tráfico de influencias. Y justamente una de las promesas de arranque de Peña Nieto fue que atacaría de frente a esa troika desbocada que azota a México: corrupción, impunidad y crimen organizado.

Para The Economist, hacer del “imperio de la ley” una realidad en México es tarea difícil y de décadas, pero tal empresa se vuelve imposible si no se pone en marcha de inmediato y eso no está ocurriendo. Y es que quien la debe encabezar –el gobierno– está “manchado por los escándalos”. Obviamente no es México el único país que tiene este problema. Brasil, recuerda la revista, carga con una corrupción escandalosa en su empresa petrolera, Petrobras (cuatro mil millones de dólares en diez años), pero la presidenta Dilma Rousseff hizo lo que Peña Nieto no: tomar al toro por los cuernos y abrir la puerta a la investigación y juicio de los involucrados. En contraste, en México no se ha acusado a nadie en ninguno de sus grandes escándalos y además, el crimen organizado es capaz de hacer desaparecer a 43 estudiantes sin que el gobierno hiciera o quisiera hacer algo efectivo para impedirlo.

El problema no es al cuadrado sino al cubo. La dura crítica que viene de fuera a Enrique Peña Nieto y a su gobierno es justa pero insuficiente: le falta la autocrítica. Al inicio de la actual administración y por un buen tiempo, los grandes medios extranjeros, y no sólo The Economist, actuaron como si ellos no entendieran que junto con el Presidente y el PRI habían vuelto a Los Pinos la gran corrupción tradicional. Así, el problema no fue sólo que Peña Nieto no entendiera que no entendía sino que había otros que no entendían, como la prensa internacional. Se trató de un “no entender” al cubo.

Y es que hasta fechas muy recientes, la prensa que tiene su asiento en los grandes centros económicos del mundo, y que de tarde en tarde se asoma a observar y opinar sobre lo que acontece en nuestro país, aplaudía con singular entusiasmo al gobierno de Enrique Peña Nieto, mandando un mensaje claro: el joven presidente mexicano sí entendía, y como pocos, lo que le convenía a México que, por cierto, era lo que también convenía a los inversionistas extranjeros, especialmente en el campo de los hidrocarburos.

Conclusión. Si hoy se aceptan como buenas las conclusiones de The Economist, entonces la revista nos debe explicar porqué, hasta hace poco, no entendía lo que hoy dice que ya entiende. Es verdad que hasta antes de septiembre pasado no había ocurrido la tragedia de Iguala ni se conocía el tipo de relaciones entre el grupo Higa o San Román y Enrique Peña Nieto y su grupo político, pero nadie ignoraba la naturaleza histórica del PRI, del Grupo Atlacomulco o de la relación estructural entre el crimen organizado y el arreglo político.

En realidad, no es cierto que el Presidente y los suyos o la prensa internacional no entiendan la verdadera naturaleza de la corrupción en México. Lo que sí es cierto es que no quieren o no quisieron entender lo grave del tema ni menos aún su relación con las “audaces reformas” de Enrique Peña Nieto.

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