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Rumbo a la cuarta transformación de México

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Víctor Flores Olea

Elecciones intermedias, hacia la izquierda

(La Jornada)

 

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Víctor Flores Olea

Muchas novedades pueden encontrarse en las recientes elecciones de medio sexenio, pero seguramente ninguna como el espectacular ascenso de Morena, el partido que fundó Andrés Manuel López Obrador después de sufrir al menos tres escandalosos ataques bajo la forma de fraudes electorales que, a lo que parece, permanecerán para siempre ocultos y disimulados bajo el velo de cinismo que caracteriza a ciertos políticos mexicanos que la historia no olvidará.

Aquí, una primera cuestión a significar es la voluntad y persistencia de López Obrador, no sólo para vencer los ataques y contratiempos, sino su decisión mayor de seguir luchando por un México más justo, igualitario y democrático, y que elimine de su política las más graves corruptelas, abusos y fraudes para ser un país que se presente en la comunidad internacional como un país plenamente digno y de calidad moral, plenamente confiable.

Debemos reconocer que hay en López Obrador una idea de lo político muy distinta a la de la inmensa mayoría de sus congéneres, para quienes esa actividad es sobre todo una oportunidad de medrar y hacer dinero por los medios que sean, a su alcance o no, con la doble catástrofe de ellos en lo personal y del país en su conjunto. En lo personal, cada vez los esperan en mayor número las rejas de los penales; en lo colectivo, para el país en conjunto, una mala fama bien ganada. Esta es innegablemente la historia del país en los últimos tiempos, que duran ya varias décadas. Y que es precisamente uno de los aspectos que Andrés Manuel quiere trascender y borrar.

Naturalmente no se trata de un líder con reivindicaciones abstractas, sino de un dirigente con exigencias muy concretas, que considera en primer lugar las condiciones de vida de los ciudadanos, y que ve en ellas, a diferencia de otros, desigualdades abismales que no pueden ser soportadas por nadie, y que han de ser corregidas en el menor tiempo posible con la solidaridad de la entera sociedad. En realidad esta reivindicación de igualdad y de cancelar las abismales diferencias que vivimos es el objetivo central de la política de Andrés Manuel, y es esta decisión plenamente honesta y responsable, y que desea la mayor parte de nuestra sociedad, la que lo llevó al triunfo que todos hemos presenciado. Se trata, pues, no de un mesianismo, como algunos superficiales lo han calificado, sino de una decisión entrañable que un día le agradecerá, que le agradece ya el pueblo de México.

Decíamos que seguramente estas elecciones intermedias ofrecieron algunas sorpresas no esperadas. Decíamos que en primer término el resultado electoral súper exitoso de Morena, de las izquierdas, no hasta el punto de desfondar al PRD, pero sí de causarle una derrota memorable de la que ya no se repondrá ese partido. Otra sorpresa fue el relativo éxito de los candidatos independientes, experimento que habrá que seguir de cerca pero que significa, sin duda, una seria advertencia para los partidos tradicionales. La partidocracia, justificadamente, parece estar en una situación de pérdida indiscutible, no probablemente de clausura definitiva, pero sí de últimas etapas de vida, y esto resulta extraordinariamente interesante. Desde luego en México, pero muy probablemente en varios otros países. ¿Llegó a su fin históricamente la partidocracia como forma de poder y de gobierno?

Por supuesto que esta nueva historia mexicana, si en verdad ha de trascender, requiere de un trabajo sostenido e incansable, no sólo del mismo López Obrador, sino de sus seguidores y discípulos, que tendrán que llenar un espacio no sencillo, que es el del actual líder.

Por supuesto, en este proyecto no sólo está seguir consolidando electoralmente al partido, sino hacer que el movimiento, que también lo fue y sigue siéndolo, penetre emocionalmente y en las fibras más profundas políticas de los mexicanos. En un sentido juarista, sin duda, lo cual significa, entre muchas otras cosas, pasión y honestidad a toda prueba, que al final de cuentas son características de los grandes políticos que permanecen, que no se borran ni diluyen.

En todo caso, ocurrió algo que muy pocos esperaban en las intermedias: potencialmente un cambio posible del país, en un sentido claramente progresista. A finales de la década de 1980, cuando formó el PRD, del desprendimiento de dirigentes y sectores del PRI de gran calidad (pienso desde luego en Cuauhtémoc Cárdenas, Porfirio Muñoz Ledo, el propio Andrés Manuel López Obrador, Ifigenia Martínez y otros), y con un buen número de personalidades de otros partidos políticos de izquierda, se generó también la idea de que ¡por fin! la izquierda mexicana dejaba de ser un derivado descarriado de la política para encontrarse a sí misma y abrir opciones sólidas para esa corriente. La impresión no era falsa. Lo que ocurrió es que ese partido estuvo integrado por muchas personas que en realidad habían vivido la política sin participar en sus dividendos y entonces muchos de ellos, a la primera oportunidad, se sintieron autorizados a hacer de la política un botín. Y tal fue el origen, al menos alguno de sus aspectos, de la ruptura interna del PRD y de su autodestrucción actual.

De suerte que no hay nada asegurado definitivamente. Ese caso debiera ser bastante ejemplar. Lo que ocurre es que precisamente en México se han vivido ya varios ejemplos en esa dirección, y por eso mismo pensamos que ahora Morena, aunque seguramente vivirá momentos difíciles, está bien armada para resistir las tentaciones más vulgares y salir adelante, multiplicando incluso la fuerza. El cambio del mundo y de América Latina será sin duda un factor que contribuirá, que contribuye ya, a una potencial coherencia de la izquierda mexicana que no tenía antes y que se multiplicará con el paso del tiempo. Tenemos la certeza de que será de esa manera.

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