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Rumbo a la cuarta transformación de México

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Manuel Pérez Rocha

Los condenados del sureste*

(La Jornada)

 

Manuel Pérez Rocha

 

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Manuel Pérez Rocha

La élite del imperio (¿término demodé?) ha fabricado una élite mexicana; seleccionó a jóvenes, les marcó en la frente, con hierro candente, los principios del capitalismo neoliberal, les introdujo en la boca mordazas sonoras, grandes palabras pastosas que se adhieren a los dientes; tras una cómoda estadía en la metrópoli les hizo volver a su país, falsificados. Ocupan los puestos, para los que fueron preparados, en el Banco de México, la Secretaría de Hacienda, otras secretarías de Estado, incluidas la de Educación Pública, en empresas productivas del Estado, en el ITAM, el CIDE. Esas mentiras vivientes no tienen ya nada qué decir a sus hermanos, son un eco. Desde Chicago, Boston o Washington sus maestros lanzan palabras: producto interno bruto, desarrollo, inversión, empleo, educación de calidad y en México, otros labios se abren: “¡…PIB! ¡…rollo! ¡…versión! ¡…lidad!” ¿Es la Edad de Oro?

Es hora de que revisemos quién es nuestro interlocutor. No perdamos el tiempo en estériles letanías ni en mimetismos nauseabundos. Abandonemos ese progreso que no deja de hablar del hombre al mismo tiempo que lo asesina por dondequiera que lo encuentra, en todas las esquinas de sus propias calles, en todos los rincones del mundo. Hace décadas… que en nombre de un pretendido desarrollo ahoga a casi toda la humanidad.

La tarea que asume con entusiasmo esa élite autóctona es servir a la oligarquía organizada mexicana y al capital sin patria en su misión de salvar al sur-sureste del país con cuantiosas inversiones, para lograr el desarrollo, la modernidad.

Es urgente que construyamos un enfoque nuevo; muchos, en diversas zonas del país han empezado esta otra tarea. El capitalismo neoliberal ha adquirido esa velocidad de locura, desordenada… que va hacia un abismo del que vale más alejarse. En otras palabras: está perdido. Una verdad que a nadie le gusta aceptar, pero de la que estamos convencidos todos, ¿no es cierto, mis queridos economistas?

Pero muchos mexicanos del sur-sureste del país saben que de aceptar ese proyecto perpetuarán su desgracia, no surgirá sino el viento. Ni los economistas ni los oligarcas los han escuchado. Si hubiera, piensan, la sombra de una reivindicación en sus gemidos, sería la de la integración. No se trataba de otorgársela, por supuesto: se habría arruinado el sistema que se basa, como sabemos, en la sobrexplotación. Pero bastaría ponerles delante de los ojos el palo con la zanahoria: serán meseros, galopines, choferes, oficinistas, guías de turismo y otros empleos igualmente atractivos y productivos, galoparían.

Ha quedado claro que carece de sentido hablar a los poderosos, su decadencia no tiene remedio. Hay quienes inútilmente los consideran los únicos interlocutores, pero para el pueblo insumiso no son más interlocutores válidos: los tienen presente como objetos de razonamiento.

Los pueblos del sur-sureste del país luchan por conquistar su soberanía. Se niegan a aceptar el futuro al que los condenan; viven bajo la constante amenaza de una agresión. El PRI-gobierno ha fomentado las divisiones, las oposiciones, ha forjado clases y racismos (San Juan Chamula y otros lugares de Chiapas y Oaxaca), ha intentado por todos los medios provocar y aumentar la estratificación.

Para luchar contra el opresor, el pueblo oprimido debe luchar contra sí mismo. O más bien, ambas luchas no son sino una sola. En el fuego del combate, todas las barreras interiores deben desaparecer; el proletariado urbano, siempre privilegiado, el lumpen proletariado de los barrios miserables, todos deben alinearse en la misma posición de las comunidades insumisas, verdadera fuente del ejército revolucionario; en esas regiones donde el desarrollo ha sido detenido deliberadamente por el colonialismo, el pueblo rural, cuando se rebela, aparece de inmediato como la clase radical: conoce la opresión al desnudo, la ha sufrido mucho más que los trabajadores de las ciudades y, para que no muera de hambre, se necesita nada menos que un desplome de todas las estructuras.

En Oaxaca, Chiapas y otras entidades de la zona, la policía, los paramilitares, el Ejército (abierto o disfrazado), remplazan al magisterio, el cual, lejos de cumplir la función domesticadora a la que pretende uncirlos nuestra burguesía colonizada, desde hace décadas se han comprometido con el largo y doloroso proceso de descolonización que es esperanza de todo el pueblo mexicano. En Acteal, Ayotzinapa y Nochixtlán se presenta descarnada, visible, la violencia sorda que se ejerce todos los días, acumulando miles (¡sí, miles!) de torturas y muertes que aparecen solamente un día en los medios. Esta violencia es intencionalmente ignorada por los colonizados gobernantes quienes, en cambio, se escandalizan porque en las marchas se pintan muros, o se entorpece el tránsito de los vehículos, ¡oh violencia!

La esperanza del pueblo mexicano encuentra un alimento invaluable en la heroica resistencia del pueblo insumiso del sur-sureste del país, la defensa de sus derechos, de su derecho a la vida, de las riquezas naturales de un territorio que les pertenece desde hace centurias y que es hoy objeto de la ambición de los inversionistas, de los especuladores que modernizarán el sur-sureste del país destruyendo el medio y la vida de las comunidades.

El proyecto de las zonas económicas especiales para completar y consolidar la colonización del sur-sureste del país cuenta con la colaboración plena de esa élite de gobernantes colonizados que balbucean “¡PIB! ¡…rollo! ¡…versión! ¡…lidad!” Sin el menor recato, sus beneficiarios, esa falsa burguesía especuladora, expoliadora, sin patria verdadera, y sus socios extranjeros, les exigen aplicar la violencia para someter a los rebeldes, aplicar la fuerza legítima del Estado, defender la ley, hacer respetar el régimen de derecho ¡y que nos divirtamos discutiendo su nuevo modelo educativo!

*Con la ayuda involuntaria de Jean Paul Sartre, Frantz Fanon y Julieta Campos

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