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Rumbo a la cuarta transformación de México

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Lorenzo Meyer

AGENDA CIUDADANA

Sudar decisiones ajenas

(Sur de Acapulco)

 

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Lorenzo Meyer

Como es que un proceso interno norteamericano se convierte en una coyuntura peligrosa para México y cómo deberíamos defendernos.

Cuando un mero proyecto de un aspirante a la presidencia de Estados Unidos pone a sonar todas las alarmas en México y afecta hasta el tipo de cambio, algo está muy mal en la estructura de nuestra relación con el exterior.

Donald Trump, candidato presidencial republicano, propone deportar a los indocumentados mexicanos (5 millones), construir un muro a lo largo de, por lo menos, la mitad de los 3 mil kilómetros de su frontera sur, obligar a México a pagarlo y reformular el marco comercial con nuestro país (el TLC). Este proyecto y la confusa reacción mexicana dejan en claro que la teoría de la dependencia sigue vigente.

La “Gran Muralla” imaginada por Trump será de materiales prefabricados y de una altura entre 10 y 15 metros. Su costo oscilará entre 5.1 y 25 mil millones de dólares y Trump demandará a México un pago único de entre 5 y 10 mil millones de dólares. Pero si no se acepta, entonces él, como presidente, invocará la sección 326 de la Patriot Act e impedirá que los mexicanos indocumentados manden dinero al exterior con lo que afectará el grueso de los 24 mil millones de dólares que anualmente esos mexicanos envían a su país; además, aumentará el costo de las visas para los mexicanos y el de las tarjetas para los cruces fronterizos. Finalmente, podría imponer tarifas a los productos mexicanos, pues el libre comercio con México le ocasiona a Estados Unidos un déficit de 50 mil millones de dólares. (Miriam Valverde, How Trump plans to build, and payfor, a wallalong U.S.-Mexicoborder, Politifact, 26/07/2016). El peculiar intento del 31 de agosto de Enrique Peña Nieto de negociar con Trump, sólo sirvió para que éste reafirmara todos sus términos.

La teoría de la dependencia se desarrolló en los 1960 para explicar los mecanismos económicos por medio de los cuales la inversión y el comercio de América Latina con las economías centrales eran sistemáticamente desfavorables para el desarrollo de la primera. Sin embargo, a ese análisis se le pueden añadir ahora componentes políticos, migratorios y racistas para ponerlo al día. Incluso si Trump es derrotado, sus amenazas ya hicieron patente que los intereses de México en la relación con su vecino del norte dependen en extremo de los procesos políticos internos de ese país y sobre los cuales tiene poca o ninguna influencia.

Otros ejemplos. Hubo ocasiones en que el potencial del proceso electoral norteamericano para dañar a México no se hizo efectivo, pero no debido a nuestra fortaleza, sino porque el vecino norteño no lo consideró conveniente. Por ejemplo, en sus elecciones de 1992, Carlos Salinas hizo lo posible por mostrar que sus simpatías estaban con el candidato republicano, George H. W. Bush, pero éste perdió ante William Clinton. El ganador, en vez de hacerle pagar su error a Salinas, decidió mantener el respaldo a su gran proyecto: el TLCAN.

En otras ocasiones, las elecciones norteamericanas resultaron catastróficas para México como sucedió en 1844. Para entonces, Estados Unidos estaba dividido en torno al tema de la esclavitud. James Polk ganó la elección, aunque por un margen muy reducido: 49.5% vs 48.1%. Su plataforma era un compromiso: presionar a Inglaterra para dividir a Oregon y dejar el lado norteamericano como un territorio sin esclavos, pero anexarse Texas y hacerla esclavista. Ya en la presidencia, Polk logró concretar pacíficamente el acuerdo con Inglaterra y se anexó a Texas, pero tratando de provocar la guerra con un México muy débil al declarar, de manera unilateral, como frontera el río Bravo y no el Nueces, como había sido históricamente el caso. Con esta guerra, Polk se propuso unir a esclavistas y antiesclavistas en una causa común –derrotar a México– y, de paso, tomar California y Nuevo México. La jugada le salió redonda porque México aún estaba lejos de poder consolidarse como Estado nacional y defenderse como tal.

La elección norteamericana de 1912 enfrentó al demócrata Woodrow Wilson (designado candidato tras ¡46 votaciones! internas) contra un Partido Republicano dividido en dos: un ala apoyó la reelección de W. Howard Taft y otra la de Teodoro Roosevelt. Wilson recibió el 41.8% de los votos. En México, el presidente Madero confió en que ese cambio de administración en Washington le permitiría quitarse de encima la presión de otro Wilson: el prepotente embajador norteamericano Henry Lane Wilson. Sin embargo, el cambio de gobierno en Washington –4 de marzo de 1913– llegó dos semanas tarde, pues para entonces Henry Lane había apoyado e incluso arreglado el golpe militar en México contra Madero y se mostró indiferente ante su asesinato. Woodrow Wilson retiró al embajador cómplice de los golpistas, no reconoció a su gobierno y contribuyó a su caída en 1914.

Desde luego que hay más ejemplos de la vulnerabilidad de México ante cambios o persistencias en los procesos políticos internos del país vecino. Ahora bien, la única y relativa defensa de México frente a un “factor americano” adverso es fácil de enunciar, pero hoy muy difícil de hacer realidad: dar forma a un sistema político fuerte en su legitimidad e institucionalidad y enmarcado por un proyecto nacional que despierte la imaginación ciudadana y su voluntad de resistir presiones externas son las mejores líneas de defensa del interés mexicano ante coyunturas externas adversas de un país relativamente débil en lo económico y militar.

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