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Soledad Loaeza

Tristezas: la de Obama y las mexicanas

(La Jornada)

 

Soledad Loaeza

 

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El tono del discurso de despedida que Barack Obama pronunció en Chicago el pasado 10 de enero revela la frustración y el dolor de la derrota. No solamente perdió la elección su candidata, Hillary Clinton, sino que prácticamente todas sus iniciativas, desde la reforma al sistema de salud hasta el acuerdo militar con Irán, han sido puestas en entredicho por su sucesor. Así que la tristeza del todavía presidente de Estados Unidos va mucho más allá de la que normalmente nos embarga cuando llegamos al fin de una etapa de la vida, y ahora está sumergido en consideraciones a propósito de la fragilidad de las políticas de gobierno, y de la vulnerabilidad de los políticos aunque sean presidentes de Estados Unidos. Me atrevo a imaginar que Obama se ha enfrentado a los errores de cálculo en los cuales incurrió, un tropiezo imperdonable en un político.

Trump ha anunciado repetidamente que va dar marcha atrás en muchas de las políticas que para Obama habían sido un éxito, y que va a desmantelar cuanto pueda del entramado institucional en el que se concretaron las medidas más progresistas de los últimos gobiernos demócratas, es decir, se revisan ya desde ahora los programas sociales que establecieron Bill Clinton en su momento o el presidente Obama en los pasados ocho años. Mientras los republicanos tengan la mayoría en el Congreso, como ocurre ahora, es poquísimo lo que pueden hacer los demócratas para proteger el legado de dos de los presidentes de Estados Unidos más interesantes de los tiempos recientes: Bill Clinton y Obama.

Me pregunto si acaso la tristeza de Obama no proviene de que le ha tocado mirar de frente a su propia sociedad y que lo que ve no le gusta. Como si hasta noviembre pasado hubiera creído que su país se parecía a él, pero se ha llevado una desagradable sorpresa al comprobar que entre sus percepciones, sus creencias, sus ideales y sus objetivos vitales, y los de una elevada proporción de los estadunidenses, hay una enorme distancia. Mientras Obama aplaude la diversidad, los electores de Trump reclaman la homogeneidad racial y cultural, que no es más que una fantasía, todavía más en el siglo XXI. Así, por ejemplo, en el discurso de despedida afirmó que él pensaba, después de su elección, que la variable raza había perdido importancia en el mundo político estadunidense. Hoy, sin embargo, no puede darle al espalda al peso del resentimiento de los nacionalistas blancos, que nunca aceptaron la llegada de un afroamericano a la Casa Blanca, que fue uno de los motores de la victoria de Trump.

Es para nosotros una verdadera tristeza que con los Obama se va la mejor cara de la democracia estadunidense, solidaria y generosa. La que buscaron cincelar los padres fundadores cuando diseñaron una Constitución sin precedente en su respeto por los derechos fundamentales del ciudadano. Ahora ese aspecto ha sido sustituido por el del individualista depredador que ni siquiera está dispuesto a disimular la violencia de sus instintos. Ése será nuestro vecino a partir del 20 de enero.

Para tratar con la fiera, Enrique Peña Nieto ha designado a Luis Videgaray secretario de Relaciones Exteriores, convencido de que la relación personal que supuestamente entabló con Kushner, el yerno de Trump, será un factor positivo en el diseño de su política hacia México. Esta decisión entusiasmó a muy pocos. Más bien nos ha dejado oscilando entre la rabia que nos provocan las majaderías del nuevo presidente estadunidense, y la enorme tristeza que nos causa ver a nuestro gobierno paralizado, escucharlo que promete como gran cosa la estrategia del rogón para que Trump cambie de opinión. Este es el tema que el gobierno no acierta a explicar: la campaña antimexicana fue uno de los temas fuertes de Donald Trump. Tanto así que, a mi manera de ver, gracias a nosotros y a nuestra mala imagen en Estados Unidos, pudo presentarse como intérprete de los intereses y de los estereotipos populares, prometió construir un muro alto y grueso, fiscalizar a las empresas que invirtieran en México y, para efectos prácticos cerrar la frontera. Peña Nieto pretende convencer a Trump de que no haga nada de lo que prometió en relación a México. Es decir, busca que el presidente electo abandone promesas que le dieron el éxito, y que solucione los problemas que nos crea él mismo.

Esta estrategia no sólo está condenada al fracaso, porque México no tiene ninguna ficha para negociar el cambio de política de Estados Unidos, sino que si se pone a rogar un tratadito por el amor de Dios, lo único que va a lograr es que nos pateen con más alegría. Partamos del presupuesto de que Estados Unidos no es nuestro amigo, que nuestra pobreza no lo va a conmover y la inteligencia tan platicada del secretario Videgaray le importa un cacahuate. En estas condiciones lo único que se me ocurre es que renunciemos por un rato a buscar la solución en Estados Unidos, dominemos la tristeza y miremos hacia adentro, donde seguramente encontraremos buenas razones para escapar del vecino, y recursos para remplazarlo.

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