Rumbo al cambio verdadero

MORENA la esperanza de México

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José Blanco

Raíces de una visión renovada sobre el populismo

(La Jornada)

 

 

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José Blanco

Ernesto Laclau (1935-2014), argentino, filósofo, historiador y teórico político, egresó de la Universidad de Buenos Aires, militó en distintos partidos, fue profesor en varias universidades de su país. Se trasladó a Reino Unido, e hizo su doctorado con Eric Hobsbawm en la Universidad de Essex, donde trabajaría hasta su muerte. Junto con quien fue su compañera de vida, Chantal Mouffe (1943), filósofa política belga, fundaron la corriente de pensamiento que se autodenominó posmarxismo. Mouffe ha sido profesora de numerosas universidades de Canadá, Estados Unidos (Harvard, Cornell, Princeton), Europa y América Latina. Actualmente dirige el Centro de Estudios para la democracia en la Universidad de Westminster en Londres. Nos referiremos a ellos como LM.

Entre varios marxistas anteriores a LM, suele identificarse como posmarxistas a autores como Karl Polanyi y a György Lukács, y LM consideran estudiosos posmarxistas a Jacques Derrida; una parte de los estudios de Louis Althusser; una cierta perspectiva de Jacques Lacan; Michel Foucault, entre muchos otros.

Uno de los temas centrales con los que nacen los estudios de LM, es su debate con el marxismo ortodoxo (incluyendo a Karl Marx). LM son marxistas pero critican su dimensión “esencialista” para el pensamiento y la práctica política.

Según LM, el esencialismo de clase forma parte constitutiva de una tradición marxista que encuentra otro rumbo desde la obra de Antonio Gramsci. El esencialismo se expresa en la convicción de que las clases se definen como grupos con esencias comunes que resultan de su posicionamiento en la producción económica y que tienen un carácter inmodificable. A partir del uso de las categorías hegelianas de la clase en sí y la clase para sí, el esencialismo marxista cree que el socialismo es el camino ineludible hacia la realización de la esencia de clase del proletariado.

Además de tener como su referencia a Gramsci y su concepto de hegemonía, LM en su crítica al liberalismo, siguen a Karl Polanyi en su ensayo Nuestra obsoleta mentalidad de mercado y, desde luego, en su obra mayor La gran transformación.

Laclau ha seguido minuciosamente a Gramsci, y en lo que hace a la práctica política sigue las luchas al interior del Partido Comunista Italiano (PCI) que enfrenta Palmiro Togliatti. Una tesis del dirigente italiano opera un cambio radical frente a la posición esencialista, al poner sobre la mesa el problema del mezzogiorno. Laclau había seguido a Gramsci también en su debate con Lenin, en el que Gramsci señalaba el inmenso abismo entre la Rusia zarista y los países industriales de Occidente, con su densa y compleja institucionalidad, a través de la cual se ejerce la hegemonía.

Togliatti ha seguido a Gramsci en ese debate, y con posterioridad –en los años 40 del siglo pasado–, termina por convencerse de que no habría cambio político sin el mezzogiorno, un vasto territorio no industrial subdesarrollado. El cambio es radical porque el PCI, como prácticamente todos los partidos comunistas, había vivido presa de la ortodoxia esencialista aludida.

El tema fue repensar el hecho de que el PCI, como todos los partidos comunistas, se asumían como el partido de los proletarios. Y entonces qué, preguntaba Togliatti, ¿nos olvidamos del mezzogiorno donde no hay clase trabajadora? Las cosas comenzaban a caminar en otro sentido. Es preciso hacer política con la gente que reivindica el derecho al agua, a la escuela, a la sanidad, que combate contra la mafia.

Era el debate del obrerismo vs. lo nacional popular que expresamente busca superar el obrerismo. Y no se trata de sumar a la clase obrera a los demás. No, se trata de formar un todo articulado que vagamente empezó a llamarse “pueblo”. Esta noción ya poseía un contenido distinto a su uso cotidiano. El pueblo del que se hablaba, ese todo articulado no existía, debía ser una construcción social y política significativa. Formar una voluntad popular que reivindique para sí el interés nacional. Y esto requiere la gradual conformación de un sentido común propio. Esa creación derivaba claramente de lo que hacía la clase dominante; derivaba de la noción gramsciana de hegemonía. Cada vez era más claro: el pueblo no está ya, hay que construirlo.

Salvando las grandes distancias, Laclau conecta el discurso y el debate de Togliatti sobre el mezzogiorno, con la experiencia práctica del justicialismo peronista. Y ha empezado a observar otros movimientos latinoamericanos que ya se inscribían, con el término genérico de populismo, frecuentemente con una fuerte carga peyorativa.

LM dedican parte creciente de su interés al populismo. Muchos años y muchas publicaciones (ya al alimón, ya por su cuenta Laclau y Mouffe), da como uno de sus resultados sobresaliente el libro de Laclau titulado La razón populista.

El populismo es reapropiado y reivindicado para la política práctica a partir de esta obra.

Los sujetos políticos, desvela Laclau, no son las clases sociales, son las voluntades colectivas. Las luchas políticas no podían más plantearse como luchas por el socialismo, sino por una radicalización de la democracia. Libertad e igualdad para todos: era necesario comenzar a convertir en hechos las reivindicaciones de la consigna fundamental de la Revolución Francesa: no hay nada más radical.

La democracia pluralista ha de ser transformada en democracia radical. La guerra de posiciones de Gramsci. De lo que hablo, decía en una entrevista memorable Chantal Moufee, es de una radicalización de la socialdemocracia.

La guerra de posiciones que asume la ideología como campo de lucha fundamental.

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