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Rumbo a la cuarta transformación de México

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José Blanco

Mantras contra la realidad

(La Jornada)

 

 

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José Blanco

El peoncito Enrique Ochoa fue encargado por el jefe de los priístas a repetir incansablemente un mantra irracional que busca conjurar las amenazas que los tienen despavoridos y que, piensan, puede cambiar su futuro. Una búsqueda en la Internet, en la que escribí Enrique Ochoa populismo, me arrojó las siguientes fechas, sólo de mayo a la fecha, en que este inefable fanático repitió alguna variante de la frase México entraría en la caverna del populismo autoritario con AMLO: mayo 11, 12, y 29: junio 4, 5, 12, 13, 30; julio primero, 3, 4, 17, 18, 26; agosto 3 y 4. Con seguridad se me escapa al menos otro tanto, pues aquí no se recoge su intervención en radio y televisión. Ochoa, como su jefe Peña, carecen hasta de la más mínima idea de lo que significa un movimiento nacional popular, o populismo. Ochoa habla de populismo sin haber leído ni un párrafo de la vasta obra sobre los movimientos nacional populares, que eso son los populismos, especialmente a partir de la teorización de una importante cantidad de autores de ciencia política desde Antonio Gramsci (1891-1937). Otros populismos son los que recientemente algunos autores europeos han llamado populismo de diseño, para referirse a casos como el de Trump, o el del ex empleado del banco francés Rothschild & Cie, vuelto político, Emmanuel Macron.

El neoliberalismo quiere preservar sus privilegios, apoyado en la demagogia y en la impunidad. Es útil oír al doctor José Carlos Ugaz Sánchez-Moreno, procurador ad hoc de la República del Perú para los casos de corrupción Zanatti (1993-1994); Clae (1994), Inabif (1997), y Montesinos-Fujimori (2000-2002), y presidente de International Transparency desde 2014, en relación a la atrincherada corrupción mexicana. “En México la procuración de justicia no está en manos independientes…; en México no se resuelve nada…; la previsión es que la impunidad continuará en todos los temas pendientes en México…; donde no hay órganos de investigación independientes, donde el poder político controla las decisiones de los órganos de fiscalización y los de la judicatura… lo que va usted a obtener es un esquema de impunidad…; cuando los niveles de impunidad son tan groseros, y la reserva moral de justicia de un país no ha sido capaz de poder remontar eso, entonces el modelo que sigue es un modelo que hay que mirar con atención. Un gobierno como el mexicano vería con espanto [la creación de una Comisión Internacional contra la Impunidad como la creada por la ONU para Guatemala], porque eso implica por supuesto una cesión de soberanía, pero en el caso de Estados, donde la criminalidad, la corrupción y la impunidad ha alcanzado los niveles que ha alcanzado México, el bien de la sociedad exige la presencia de órganos internacionales…”; (palabras en entrevista con Carmen Aristegui).

Históricamente, el liberalismo político y el económico, y la democracia, surgieron bajo una condición de encuentros y desencuentros permanentes. Una lucha incesante. Liberalismos de distinto calado y diferente calidad han prosperado, sufriendo crisis recurrentes –las propias del capitalismo–, mientras, muy rezagada, la democracia ha avanzado unos cuantos pasos y ha sido empujada hacia atrás numerosas veces. Detrás de esa pugna, está la realidad de una lucha de los poderosos por conservar y agrandar permanentemente su poder sobre los demás, quienes, en grados distintos, son los que menos poder tienen, o no tienen ninguno.

México es el reino de la impunidad porque, como observa el presidente de Transparencia Internacional, las ideas de Montesquieu aquí no prosperaron: la división de poderes no funciona y especialmente proporciones inmensamente grandes del Poder Judicial están a las órdenes del Ejecutivo.

Históricamente también, el liberalismo económico ha sido un enemigo acérrimo de la democracia. La democracia implica no sólo el momento electoral, sino la participación de toda la sociedad en los bienes tangibles e intangibles que la propia sociedad genera. Antes que cualquier otra cosa, democracia significa inclusión. En México, así lo prevé el artículo tercero constitucional que dice en su fracción II: “El criterio que orientará a esa educación se basará en los resultados del progreso científico, luchará contra la ignorancia y sus efectos, las servidumbres, los fanatismos y los prejuicios. Además: a) Será democrático, considerando a la democracia no solamente como una estructura jurídica y un régimen político, sino como un sistema de vida fundado en el constante mejoramiento económico, social y cultural del pueblo…”

Los priístas siempre han arrojado al caño este mandato constitucional, mientras ellos se han arrojado al inmenso mar del peculado y la prevaricación. En sus aguas se bañan en juerga continua y a las masas de excluidos, ni las ven, ni las oyen, ni las entienden. Todo ocurre así gracias a la impunidad referida, y a la dominación ideológica que han ejercido sobre esas mayorías desorganizadas, sin educación y en pobreza insultante.

Los mejores días de convivencia entre el liberalismo y la democracia entendida como inclusión, ocurrió durante la vigencia de los regímenes socialdemócratas y las políticas keynesianas. Pero especialmente cuando las crisis azotan al capitalismo, el liberalismo, y en nuestros días el neoliberalismo, es decir, los de arriba, la élite política y económica, acrecienta la exclusión, empujando así el surgimiento, en algún momento, de movimientos populistas. Estos movimientos luchan por la inclusión, es decir, por la ampliación de la democracia en sentido sustantivo. Lo contrario al autoritarismo neoliberal excluyente del priísmo.

Una gran lucha por la inclusión se gesta en nuestros días en México.

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