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Rumbo a la cuarta transformación de México

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Bernardo Bátiz V.

Democracia y dinero

(La Jornada)

 

 

 

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Bernardo Bátiz V.

No se llevan; chocan. El dinero pervierte a la democracia porque provoca desigualdades, y la democracia tiene como pilar imprescindible la igualdad; los promotores del cooperativismo sostenían: Un hombre, un voto, expresión de la democracia en el mundo de la economía y del trabajo. En cambio, las grandes corporaciones modernas, las sociedades por acciones tienen como principio básico un hombre, todos los votos que pueda acumular según su paquete accionario, según el monto de su capital.

Escribió el activista social cristiano de la resistencia francesa contra la invasión nazi Emmanuel Mounier en sus Líneas de posición la cruda y dolorosa frase: La democracia fue estrangulada en su propia cuna por el mundo del dinero. Recomiendo a los perseguidores del poder sin convicciones, como si éstas fueran un estorbo, que lean de este autor su Manifiesto a favor del personalismo.

El dinero es una herramienta de la economía que facilita el intercambio de bienes y servicios, es un convencionalismo útil, pero como toda herramienta, puede ser mal empleada y de varias maneras, cuando se acumula en pocas manos, cuando se considera como criterio para diferenciar categorías sociales y, la peor de las maneras de su mal uso, cuando sirve para controlar, oprimir y manipular a las personas. El dinero empleado más allá de su fin utilitario, que es servir en los intercambios económicos, se torna un ídolo perverso. Moisés se decepcionó del pueblo escogido, pues mientras recibía las tablas de la ley, le daba la espalda a su Dios para adorar al becerro de oro, símbolo de riqueza y lujo.

La democracia no sirve para todo, pero sí es útil para tomar decisiones colectivas, en especial escoger dirigentes; requiere condiciones para su funcionamiento confiable, que en la sociedad que adopta la forma de gobierno democrática, estén en pleno vigor el estado de derecho y los derechos humanos. También exige que quienes van a emitir los votos, sin los cuales la democracia no existe, sean libres y estén debidamente informados.

Los enemigos de la democracia usan el dinero de diversas maneras perversas que les son útiles para que las decisiones colectivas tengan la forma democrática pero no el fondo. Si un pueblo vota engañado, como frecuentemente sucede, la democracia es una falsificación; votar exige conocer la diversas opciones posibles. Para ello se emplea la propaganda política en la que se presentan las virtudes y ventajas de las propuestas de los diversos contendientes, de sus programas y convicciones.

En una democracia regida por principios éticos, la propaganda se dirige a la inteligencia de los votantes; en una democracia falsificada –y se falsifica con dinero–, la propaganda se torna publicidad y se dirige a los ojos y a los oídos de los votantes, pretende aturdirlos y embotarlos para que no escojan al mejor, sino al que más recursos ha podido reunir para deslumbrar y no para convencer; el caso de Peña Nieto, personaje creado por la televisión, es el extremo al que se ha llegado en nuestro país. Esperamos que un candidato armado por la mercadoctenia no vuelva a ser votado por los mexicanos.

Sin embargo, el dinero de los enemigos de la democracia tiene también otros muchos usos que pervierten los procesos. Uno que hemos visto y muy de cerca, es el pago a porros o sicarios que se alquilan por unos cuantos pesos o por mucho dinero, según el caso, para atemorizar, agredir a la gente e impedir el libre juego de la información democrática.

El dinero también se usa, lo sabemos muy bien en nuestro país, para comprar votos. Abusando de la pobreza generalizada que ellos mismos han provocado, los beneficiarios del sistema, y por naturaleza enemigos de la democracia, con pequeñas dádivas en dinero o en bienes necesarios para la vida diaria, convencen a los ciudadanos más pobres y marginados para que escojan los emblemas partidistas que promueven. El sistema también compra votos de legisladores, les salen baratos; un político que es ahora uno de los perseguidos por la justicia acuñó el apotegma cínico según el cual en política lo que se vende es más barato. Se compran también ausencias y abstenciones; hemos sido testigos de que se ha experimentado muchas veces y recientemente pagar se usó para sacar adelante las llamadas reformas estructurales. Estuvieron en el mercado lo mismo votos individuales que ausencias por enfermedad, votos de grupos y hasta partidos completos tuvieron su precio.

El PAN y el PRD saben de esto; fueron oposición, pero terminaron olvidando su origen. La oposición de hoy que es Morena ha tenido que buscar apoyos fuera de su base tradicional para asegurar el triunfo, lo que es un riesgo, y en política se deben correr riesgos; la condición es estar conscientes y advertir a quienes están y a los que llegan que la política no es una inversión, sino un servicio a los demás, como ha dicho Andrés Manuel López Obrador. Que el dinero no estrangule a nuestra incipiente democracia.

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