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Rumbo a la cuarta transformación de México

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John Ackerman

Meade en su burbuja

(Proceso No. 2149)

 

 

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John M. Ackerman

En su reciente visita a Zacatecas, el pasado martes 2, José Antonio Meade se hizo acompañar de “un despliegue de seguridad que incluyó a decenas de hombres vestidos de civil con corte de cabello y apariencia militar”, informó el corresponsal de La Jornada en la entidad, Alfredo Valadez. El acto, además, no se realizó en una plaza pública de la capital del estado, sino en el protegido Centro Platero de Convenciones del municipio de Guadalupe, en la zona conurbada.

El miedo no anda en burro. El día anterior, los mexicanos habíamos iniciado 2018 sufriendo un nuevo aumento en los precios de la gasolina y la tortilla. Y durante los últimos días de 2017 el valor del peso se desplomó, llegando a rozar 20 por dólar. 2017 también resultó ser el año más violento en la historia reciente, con 2 mil homicidios al mes, más que en 2011, el año más violento del sexenio de Felipe Calderón.

Cada día queda más claro que aunque Meade crea que ande por el mundo “vestido de civil”, viajando en vuelos comerciales al estilo de Andrés Manuel López Obrador y comprando con su esposa su cena de fin de año en el supermercado, en realidad el rey de la estrategia económica de Calderón y de Enrique Peña Nieto se encuentra totalmente desprovisto de vestimenta alguna. Quedan muy pocos ciudadanos que todavía se dejan engañar por la farsa del tecnosaurio disfrazado de chamula.

La visita de Meade a Zacatecas contó con un agravante adicional. Los habitantes de esta combativa ciudad recuerdan muy bien cómo el régimen autoritario recientemente les arrebató de manera brutal su derecho a elegir a sus propios gobernantes.

En las últimas elecciones para la presidencia municipal de la capital del estado, celebradas el 5 de junio de 2016, la candidata de Morena, Soledad Luévano, recibió en las urnas el apoyo mayoritario de la población. Sin embargo, en flagrante violación de las jurisprudencias en la materia, los magistrados electorales locales y federales concluyeron que la existencia de unas cuantas bardas y camisetas, así como un solo anuncio espectacular con el nombre de la candidata, durante el periodo de precampaña, fueron violaciones suficientemente “graves”, “sustanciales”, “generalizadas” y “determinantes” para anular la victoria de Luévano.

La decisión no tenía pies ni cabeza desde un punto de vista jurídico, sino que respondió a una evidente directriz política. Por si hubiera alguna duda al respeto, unos días después de este atraco jurídico, el magistrado que lo había orquestado, Reyes Rodríguez Mondragón, fue premiado con su promoción a la Sala Superior del Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación, desde donde hoy sigue protegiendo los intereses del PRIAN y tendrá que calificar la elección presidencial de 2018.

Las “decenas de hombres vestidos de civil con corte de cabello y apariencia militar” que acompañan a Meade no lo hacen para evitar algún atentado contra la vida del precandidato. Meade es una figura insignificante, un títere gris que personalmente no representa amenaza alguna para nadie, ni para los peores delincuentes.

El verdadero peligro para el exfuncionario del Instituto de Protección al Ahorro Bancario son más bien los reclamos y la indignación populares. Los operadores del PRI temen la muy probable repetición de un escenario similar al de aquella fatídica tarde en la Universidad Iberoamericana que dio origen al movimiento de #YoSoy132 en 2012. Los militares que acompañan a Meade están ahí para evitar cualquier roce incómodo con el pueblo, para asegurar que el precandidato se mantenga dentro de una burbuja esterilizada repleta de engaños y autoelogios.

La principal debilidad de la campaña del candidato priista es precisamente el éxito de esta estrategia de aislamiento y empaquetamiento artificial. Mientras su principal contrincante, López Obrador, convive diariamente con la sociedad mexicana, recogiendo sus demandas y sus exigencias, escuchando sus sufrimientos y esperanzas, Meade se pierde dentro de un mar de asesores de imagen, periodistas chayoteros y encuestadores a modo.

El resultado ha sido un alejamiento cada día más patente del priista del pueblo mexicano. Ello quedó claro cuando, el día después de su acto en Zacatecas, a Meade se le ocurrió citar las predicciones de “La Bruja Zulema”, una actriz del “esoterismo” que aparece en la televisión nacional, como evidencia de su victoria supuestamente segura en 2018. Los recientes tuits, agresivos y de mal gusto contra López Obrador, de parte del nuevo secretario de Educación Pública, el salinista Otto Granados, también revelan una clara desesperación entre las filas gubernamentales.

La supuesta “inteligencia” y “honestidad” del precandidato priista es un mito. Por mucho que Meade “se vista de civil” y presuma su “preparación” en escuelas elitistas de Estados Unidos al servicio de la plutocracia global, en realidad el mismo exsecretario de Hacienda no es más que un soldado raso, con todo y “corte de cabello y apariencia militar”, listo para disparar a la menor provocación contra sus compatriotas, con la Ley de Seguridad Interior en una mano y la bandera del Tío Sam en la otra. l

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Twitter: @JohnMAckerman

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