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Rumbo a la cuarta transformación de México

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John Ackerman

Tres meses

(Proceso No. 2162)

 

 

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John Ackerman

CIUDAD DE MÉXICO (Proceso).- Las elecciones del domingo 1 de julio tendrán lugar en poco menos de tres meses. A lo largo de 86 días, para ser exactos, se celebrará uno de los comicios más importantes en la historia de México. No sólo se disputarán más de 18 mil cargos públicos (desde miles de regidores municipales hasta la Presidencia de la República) sino que también el pueblo mexicano tendrá la oportunidad de enviar un mensaje al mundo con respecto a su dignidad republicana, su capacidad organizativa y su conciencia social.

¿Somos tan pacientes, pasivos y desorganizados como dictan los estereotipos de Hollywood sobre los mexicanos? ¿O seremos capaces de llevar a cabo una enorme revolución silenciosa en las urnas para botar a los corruptos y defender la soberanía nacional?

La moneda todavía está en el aire.

Durante las próximas semanas, el gobierno y los medios del régimen harán todo lo posible por desalentar la participación ciudadana y desanimar a los potenciales votantes. “Todos son iguales”, nos dirán. “No salgas a la calle porque podría haber problemas –advertirán–; mejor quédate en casa con el futbol y los amigos”.  Hará falta mucha valentía y perspicacia ciudadana para poder romper con las intensas campañas de desinformación, miedo y distracción que nos esperan en los próximos días.

En general, la tasa de participación electoral en México deja mucho que desear. Por ejemplo, en las elecciones presidenciales de 2006 solamente votó 58.5% de la lista nominal. En 2012, la participación subió un poco, pero aun así solamente emitió su sufragio 63% de los potenciales votantes. Durante las elecciones legislativas “intermedias” de 2009 y 2015, cuando no hubo elección presidencial, la tasa fue aún más baja, de 44 y 47% respectivamente. En las elecciones para la Asamblea Constituyente de la Ciudad de México, en 2016, solamente votó 28% de los electores.

Lamentablemente, el grupo demográfico que menos vota es el de los jóvenes; en particular, el de personas de 20 a 29 años es el que demuestra menor interés en participar en la elección de sus gobernantes, con un índice de sólo 53% en 2012 y de apenas 36% a nivel nacional en 2015, de acuerdo con estudios realizados por el Instituto Nacional Electoral (INE).

Con respecto a los géneros, las mexicanas suelen participar mucho más que los hombres. En las últimas elecciones presidenciales de 2012, por ejemplo, votaron 66% de las mujeres y solamente 58% de los hombres, una brecha de 8 puntos.

Cuando cruzamos las variables de género y de edad queda aún más clara la radiografía. Quienes más votan son las mujeres de entre 50 y 59 años, 75% en las últimas elecciones presidenciales de 2012, y quienes menos votan son los varones de entre 20 y 29 años de edad, sólo 47% en el mismo año, lo cual significa una brecha de 27 puntos.

La baja participación entre los jóvenes, y en particular entre los hombres de 20 a 29 años, es preocupante porque en 2018 los jóvenes constituyen un enorme porcentaje de quienes podrán votar. Ochenta y ocho millones de ciudadanos mexicanos hoy cuentan con su credencial de elector; 26 millones de ellos, casi 30%, son menores de 30 años. Y 15 millones, 17% del total, son menores de 25 años para los cuales esta será su primera elección presidencial.

Recordemos que el sufragio universal, en el que todos los mayores de edad pueden votar, es un fenómeno reciente que ha sido la consecuencia de largas luchas sociales a favor de la justicia y la paz. En México, por ejemplo, fue hasta 1953 cuando las mujeres ganaron el derecho al voto.

El voto es una conquista histórica de gran importancia e incluso es obligatorio de acuerdo con nuestra Constitución. El inciso III del artículo 36 de la Carta Magna indica que “votar en las elecciones y en las consultas populares” es una “obligación” de todos los ciudadanos mexicanos. Lamentablemente, no todos ejercen este derecho con la misma responsabilidad y conciencia.

La buena noticia, sin embargo, es que, a diferencia de las dos elecciones presidenciales pasadas, hoy nadie promueve el voto en blanco o el boicot electoral. El Congreso Nacional Indígena (CNI) llegó incluso a lanzar una precandidata a la Presidencia de la República, María de Jesús Patricio, Marichuy, quien hizo un trabajo muy importante recorriendo todo el país.

Y muchos de quienes antes defendían el voto en blanco, como Denise Dresser o Emilio Álvarez Icaza, hoy apoyan la coalición Por México al Frente y las aspiraciones presidenciales de Ricardo Anaya.

Otros políticos, como Andrés Manuel López Obrador, también han recibido el apoyo de un gran número de organizaciones sociales, activistas y líderes de opinión que en otros momentos han mostrado cierto escepticismo sobre los procesos electorales.

En general, ha surgido un gran consenso social con respecto a la importancia de participar en las elecciones de 2018. Y no es para menos. Los resultados electorales del próximo 1 de julio marcarán por décadas, para bien o para mal, la historia de México.

Todos los ciudadanos tenemos la obligación de preguntarnos qué papel queremos jugar en esta coyuntura tan importante y actuar en consecuencia. Como escribió Dante Alighieri: “Los lugares más calientes del infierno están reservados para aquellos que en tiempos de crisis moral mantienen su neutralidad”.

www.johnackerman.blogspot.com

Twitter: @JohnMAckerman

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