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Rumbo a la cuarta transformación de México

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La fiesta del triunfo hermanó generaciones

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Miles de simpatizantes del candidato de la coalición Juntos Haremos Historia celebraron en el Zócalo de Ciudad de México el triunfo de Andrés Manuel López Obrador en la elección presidencial. Foto Afp

 

Arturo Cano
Periódico La Jornada
Lunes 2 de julio de 2018, p. 4

El alarido en el Zócalo esperó 30 años. Y se coló entre las banderas nacionales y del partido Morena. Un ¡aaauuu! largo que siguió la voz de Andrés Manuel López Obrador: ¡Va a ser gobierno del pueblo, para el pueblo y con el pueblo!

El grito hermanó a generaciones. Estaban aquí, en la plaza mayor recuperada tras la mancerista privatización, los viejos del 68, los mayores que se la rifaron en la raya del fraude electoral en 1988 y 2006, los jóvenes que, de acuerdo con los datos disponibles y las caras que se vieron frente a Palacio Nacional, votaron por el candidato mayor en la contienda.

Muchos de los reunidos habían esperado durante horas en la avenida Juárez, frente al hotel donde el ganador de la contienda dio su primer mensaje a los medios de comunicación.

Ahí, a la espera del candidato, miraron los noticiarios de televisión. Una entrevista, por ejemplo, con Cuahtémoc Blanco, ganador de la gubernatura de Morelos.

–Es justicia divina. Estos personajes que tanto daño hicieron –dice el ex futbolista.

–¿Los meterías a la cárcel? –le preguntan.

–Ya he dicho muchas veces que sí –responde Blanco en referencia a Graco Ramírez, actual mandatario morelense y personaje clave en la historia de López Obrador, pues fue quien, en 1988, lo acercó a Cuauhtémoc Cárdenas y a Porfirio Muñoz Ledo.

En la colonia Roma seguía la espera poco tiempo antes. Érick, un niño de 11 años, se trepó en un árbol desde el cual podía mirar el patio de la casona donde estaba López Obrador. Sus padres no consiguieron convencerlo de que se bajara.

¡López Obrador, no la hagas de emoción!, gritaron una y otra vez, hasta que el candidato los complació. Salió a un balcón a repartir abrazos figurados y con una seña invitó a los presentes a acompañarlo al Zócalo.

En un edificio ubicado en esta plaza, el Palacio Nacional, se reunirá López Obrador mañana martes con el presidente Enrique Peña Nieto, para quien el virtual ganador sólo tuvo cortesías, sobre todo después del mensaje en el que el ocupante de Los Pinos reconociera su triunfo.

Desde muy temprano, cuando comenzaron a fluir las encuestas, unas filtradas y otras patito, se desvaneció una de las preguntas más escuchadas en esta campaña: ¿Crees que lo dejen ganar?

La respuesta, al filo de las ocho de la noche, fue este grito: ¡El pueblo consciente ya tiene presidente!

Cuando finalmente salió de su oficina en la colonia Roma, López Obrador demoró el triple de tiempo en llegar a la Alameda, porque lo saludaban y detenían a cada paso.

Finalmente se presentó ante centenares de cámaras fotográficas y de televisión para ofrecer su primer mensaje.

La tarea central de su gobierno será erradicar la corrupción y la impunidad: Sobre aviso no hay engaño. Sea quien sea, será castigado. Incluyo a compañeros de lucha, a funcionarios, a los amigos y a los familiares. Un buen juez por la casa empieza.

Siguió la promesa ya esbozada en campaña: cambios profundos en el contexto del orden legal establecido, preferencia por los más humildes y los olvidados, en especial, los pueblos indígenas.

Luego, el llamado a la reconciliación y a respetar a las autoridades actuales, subrayó en el Zócalo, semilleno de manera espontánea, donde la pieza oratoria fue breve y un tanto anticlimática para los oídos críticos, aunque la multitud ovacionaba cada promesa, cada frase de las muchas veces repetidas por López Obrador.

La fiesta se imponía por sobre las grandes líneas. Era la fiesta que el fraude de 1988 le quedó a deber al neocardenismo, la fiesta que se truncó con el 0.56 de hace 12 años.

En la fiesta, llovían las felicitaciones. Sí, Donald Trump ya felicitó a López Obrador. Y también Nicolás Maduro, con lo que comenzaron a llover las comparaciones en las redes sociales.

A esas mismas horas, un intelectual venezolano ahora en el exilio, Tulio Hernández, escribía, con un ojo en México: El chavismo sólo es posible en Venezuela. Necesita cinco ingredientes: un Estado petrolero, una economía privada dependiente del Estado, una sociedad civil muy frágil, un líder carismático, una cultura política militarista y una población educada para el culto a un solo individuo.

En los días recientes, de veda electoral, uno de los ataques más sonados contra López Obraor era que volvería al país la Venezuela del norte.

El festejo multigeneracional en el Zócalo era totalmente mexicano, al son del Cielito lindo, y pocos lo explicarían mejor que un joven intelectual morenista, Gibrán Ramírez:

–¿Qué significa este triunfo para tu generación?

–La única alternativa que hemos visto: nacimos en la crisis, con una versión de modernidad, y crecimos viendo que nunca tendríamos casa propia, empleo estable, derechos laborales. Y es una esperanza de que eso sea diferente. Es una alianza con los abuelos para saldar una deuda de la generación de los padres.

Sonaba el himno de Morena y la gente bailaba feliz gritando: Si el país se moreniza, no nos gana Televisa.

Horas antes, Televisa había montado un tinglado de telenovela en la casilla donde votó el candidato y más tarde lo siguió, en transmisión en vivo, en su recorrido rumbo al centro de la ciudad.

Y cuando el futuro presidente se fue, la fiesta siguió y siguió.

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