Rumbo al cambio verdadero

MORENA la esperanza de México

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Jorge Carrasco Araizaga

México, ante la gran oportunidad o la gran desilusión

Para el constitucionalista Diego Valadés, la tarea que deberá afrontar AMLO al frente de la Presidencia será la de construir un Estado democrático limpio; sin embargo, acota, su ejemplo personal no será suficiente, pues el hecho de tener mayoría en el Congreso hace correr el riesgo de que todo el sistema sustituya la corrupción por la arbitrariedad.

(Proceso No. 2175)

 

 

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Jorge Carrasco Araizaga

Andrés Manuel López Obrador tendrá que trascenderse a sí mismo. Como el próximo presidente de México, con un liderazgo social y político fuera de duda, tiene las condiciones para ser exitoso en su gestión. El riesgo es que, víctima de su triunfo, termine por restaurar el presidencialismo hegemónico.

Es la lectura de Diego Valadés –constitucionalista especializado en el ejercicio del poder y sus formas de control– sobre el triunfo de López Obrador en las elecciones del domingo 1. El conteo final le dio al fundador de Morena 53.18% de los votos, el porcentaje más alto obtenido por un candidato presidencial desde los ochenta, cuando el PRI tenía el control del poder político.

Y añade que la mayoría que tendrá en el Congreso le podrá ayudar para su gobierno de corte social. Quiere pasar a la historia y puede hacer de esa ventaja legislativa la avenida para controlar a quienes ejercen el poder y se corrompen. Pero no se trata de sustituir la corrupción por la arbitrariedad, sino de crear instrumentos políticos de control que incluyan a los gobiernos estatales y locales. Es la oportunidad de la izquierda, la misma oportunidad que en años recientes tuvo y desperdició la derecha.

En su opinión, México votó ahora por la izquierda. No como una mera reacción circunstancial. Fue una clara decisión de buscar un gobierno con orientación social. Eso es un mérito del líder, pero también de la sociedad.

Lo que le toca al siguiente gobierno es que México logre, por fin, la construcción de un Estado democrático en la que el ejemplo personal no basta. De no avanzar en eso, el desencanto será generalizado, agrega.

Crear instituciones

Investigador del Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM y autor de Constitución y democracia, El control del poder y La parlamentarización de los sistemas presidenciales, entre otros títulos, Valadés asegura que México decidió girar a la izquierda, más allá de la valoración del gobierno saliente de Enrique Peña Nieto.

Apoyado en los estudios demoscópicos de Consulta Mitofsky, refiere que en 2014, cuando el actual presidente tenía 48% de aprobación, López Obrador ya contaba con 30% de la orientación del voto. Y cuando Peña Nieto bajó a 17%, el líder de Morena se sostuvo en sus números y siguió creciendo durante todo el proceso electoral.

“El rechazo al presidente de la República no condicionó la respuesta electoral. Lo que pasó es que hubo malos candidatos y propuestas ininteligibles, dispersas o que no sintonizaron con lo que la sociedad está esperando”, dice en entrevista.

“Si se cree que todo es imputable a una reacción antigubernamental, se está subvalorando la vocación y decisión social, casi diría socialista –aunque nadie utilizó esa palabra– que tenemos en el país. No se nos debe minusvalorar a los mexicanos. Quisimos tener un gobierno de izquierda. Unos son francamente socialistas. Otros somos sencillamente socialdemócratas.”

–Pero la violencia y la corrupción pesaron en el ánimo electoral…

–Sin duda fueron catalizadores, pero el hecho real es que hay una fuerte corriente de pensamiento social. Esto no se debe su­bestimar. En 1917 México también hizo una Constitución correspondiente a una revolución social. No fue sólo una reacción a una dictadura. Tenemos que valorarnos a nosotros mismos.

Miembro del Sistema Nacional de Investigadores, de la Academia Mexicana de la Lengua y de El Colegio de Sinaloa, abunda: “Es un mérito de nosotros, como sociedad, haber apoyado a un liderazgo social, pues no se puede ignorar que el próximo presidente estuvo 12 años en campaña, siempre con el tema social. Si no enten­demos eso como gobernados y no lo entiende el propio presidente virtualmente electo, nos vamos a equivocar todos.

“Tenemos derecho a esperar un gobierno que responda a las expectativas sociales y que sea un gobierno de orientación socialdemócrata. Eso quiere decir políticas públicas orientadas a la satisfacción de las necesidades sociales y principios de gobierno regidas por estándares democráticos.”

–En el caso de las políticas sociales no hay duda, pero, ¿cómo no abusar del poder que tendrá?

–Cuando asuma el cargo contará con una mayoría congresual para instrumentar sus políticas públicas. Pero esa mayoría también representa un riesgo para él y para el país. Tenemos una tradición de autoritarismo, de ejercicio hegemónico del poder y de prácticas arbitrarias. No dudo que podrá contener, con su propio ejemplo y con algunas políticas que implante, el fenómeno de la corrupción. Pero sería terrible sustituir la corrupción por la arbitrariedad. Podríamos tener un gobierno honesto, pero no uno arbitrario.

“Tiene que valorar que cuenta con una mayoría, pero no debe traducirse en una mayoría descontrolada o incontrolable. Descontrolada, que haga cosas que no correspondan al interés democrático, e incontrolable porque un solo hombre, aun cuando tenga muy buenos colaboradores en su gabinete y sus secretarios tengan a su vez buenas segundas manos, no puede contener el apetito de poder y los desbordamientos arbitrarios de la estructura política y burocrática. Su tarea es nada menos que crear instituciones de un verdadero Estado democrático. Y ahí ya no basta el ejemplo personal. Requiere de un diseño institucional”.

–También puede ser que con la fuerza política que tendrá, el próximo presidente tienda a reconstituir el presidencialismo sin controles…

–Corremos el riesgo de que tenga éxito.

–¿Eso qué significaría?

–Que puede devolver la paz al país, que puede mejorar la distribución del ingreso, y puede que después de eso, al terminar su gobierno, nos legue otra vez una presidencia hegemónica.

–Y eso para la democracia mexicana…

–Sería una regresión. Él tiene la oportunidad de satisfacer expectativas y necesidades sociales, pero también de reformar democráticamente al país.

–En el escenario de una mayoría parlamentaria como la que va a tener no hay perspectiva de cambio…

–A las minorías en el Congreso hay que darles derechos. Si el presidente fortalece al Congreso se fortalece él. No se trata de que abdique de ciertas funciones. Sólo con un Congreso vigilante, y generalmente ese derecho lo tiene la minoría, él tendrá más garantías de que su gobierno sea más pulcro.

“Si para 2024 baja los índices de corrupción y mejora los del estado de derecho con los que ahora somos valorados internacionalmente, será un presidente recordado en el siglo XXII. Para ello, tenemos que hacer una revisión completa de nuestros estándares democráticos. Ya se ve que funcionan bien los electorales. Pero qué va a pasar con los que se refieren a los controles políticos del poder.”

–¿Corremos el riesgo de una autocracia?

–El nuevo presidente tendrá que pensar en cómo conducir el Estado. Y ahí ya no basta el ejemplo personal. Se requiere diseño institucional. Como jefe de Gobierno de la Ciudad de México actuó conforme a los estándares normativos e institucionales. Como presidente, si no fuera así, entonces nos exponemos a una desilusión. Vamos a tener un presidente con un gran apoyo político y social, como no lo hemos tenido desde Lázaro Cárdenas, en los años treinta del siglo pasado.

“Si desaprovecha esa gran fuente de legitimidad, no sólo democrática sino también social, política e institucional, y no renueva nuestros diseños ya caducos, hechos para el gobierno de un sistema hegemónico, entonces vamos a tener un gran desencanto todos.”

–Eso podría ocurrir más temprano que tarde…

–Si todo se orienta a hacer sentir el poder mayoritario en el Congreso y el poder carismático del presidente sin que esto se traslade a nuevas instituciones que trasciendan al gobierno y representen una nueva era de México, habría sido una oportunidad perdida.

–¿Habla de una necesaria generosidad política de López Obrador?

–De una convicción de cambiar la acción del Estado. Él ha mostrado que es un líder social. Cuando estuvo en el principal cargo político de la ciudad demostró que es un hombre de gobierno. Veremos a partir de diciembre si también es un hombre de Estado. No se trata sólo de ser tolerante, de ser generoso, sino de ser creativo en el orden de las instituciones sociales –que ya sabemos que lo va a ser–, sino en lo que hace a las instituciones políticas. De otra manera, todo se agotará muy pronto y las instituciones caducas seguirán siendo disfuncionales.

–Durante la campaña, el próximo presidente cuestionó la legitimidad de algunas organizaciones de la sociedad civil. La relación con ellas no será nada fácil….

–Como parte del cambio institucional he propuesto que tengamos al lado del Congreso un consejo económico social, donde estén representados justamente organizaciones profesionales, los organismos gubernamentales, la academia, los medios de comunicación. No tendrían funciones de decisión sino consultivas y de opinión sobre el desempeño y realización de las políticas públicas. Además, tendría el control –ese sí, directo– sobre los medios que tiene el Estado para la captación de información. Es algo que existe en casi toda Europa, aunque lo que propongo es que sea sólo un consejo social integrado por representantes de la sociedad civil organizada.

–¿Incluidos los empresarios?

–Uno de los primeros encuentros que tuvo el presidente virtualmente electo fue con el Consejo Coordinador Empresarial. Supongo que va a seguir adelante con este tipo de reuniones. Pero no sólo deben ser coyunturales, sino institucionales. Si el próximo gobierno no entiende que es necesario reinstitucionalizar al Estado mexicano, no será posible recobrar la confianza de la sociedad.

–Eso incluye el combate a la corrupción, uno de sus principales discursos de campaña…

–Ya tuvimos una experiencia en el gobierno del presidente Miguel de la Madrid, cuando después de las circunstancias en que quedó el país del periodo 1976-1982 (en el gobierno de José López Portillo), hizo una campaña por la renovación moral de la sociedad. Pero fracasó porque se centró en los procedimientos administrativos de corrupción o desviaciones administrativas, y no se construyeron los controles políticos para supervisar a la administración.

“El aumento del castigo no es suficiente para combatir la corrupción. No daremos pasos reales mientras no construyamos los controles políticos en el Congreso, al margen de los controles burocráticos y de las sanciones penales.

“En el caso del control y rendición de cuentas, lo que se ha hecho hasta ahora es en lo que tiene que ver con acceso a la información y en la multiplicación de exigencias a los titulares de los cargos públicos. Pero lo que se ha hecho es de carácter reactivo. No hay instrumentos políticos de control.”

Reformas constitucionales

También exprocurador general de la República y del Distrito Federal, Valadés dice que no todo tiene que pasar por reformas constitucionales. Pero se requieren prácticas democráticas. Propone, por ejemplo, que los secretarios de Estado comparezcan regularmente ante el Congreso. Menciona que ahora la Secretaría de Hacienda puede modificar como quiera el presupuesto aprobado por la Cámara de Diputados “y eso es otra fuente de corrupción mayúscula”.

El vacío en el control político explica mucha de la impunidad en el tema de la corrupción. El experto recurre al contraste: cuando ya está definido quién será el presidente para 2018-2024, la última cuenta pública aprobada en el Congreso es la de 2009, la del tercer año de Felipe Calderón. Del gobierno de Peña Nieto, que ha quedado marcado por la corrupción, el Congreso no ha revisado ningún año de su gestión.

Advierte una gran dificultad que López Obrador tendrá en esta cruzada: la corrupción local. “No es accidental que haya 17 gobernadores o exgobernadores bajo sospecha de corrupción, y el número puede aumentar porque se perdieron los controles de la hegemonía presidencial y los estados quedaron a merced de los caciques”.

Hijo del historiador y periodista José C. Valadés, anticipa que si el próximo gobierno no pone un remedio a tiempo, “va a sufrir un gran descalabro”. Se refiere a la reforma constitucional que permitió la reelección de los legisladores y de los alcaldes. En éste último caso, “lo que vamos a ver es un fenómeno de corrupción y de coacción sobre los electores como todavía no nos imaginamos. Vamos a transformar los grandes cacicazgos de los estados en los pequeños cacicazgos de los municipios. Eso tiene que derogarse o los esfuerzos del presidente a nivel federal van a resultar frustrantes a nivel local.

“Si quiere tener éxito en el tema de la corrupción, tiene que modificar el régimen municipal, establecer controles políticos eficientes en los Estados y modificar la relación del gobierno con los Congresos estatales para que el Congreso de la Unión tenga intervención en el control.

“El presidente y su gabinete pueden ser honestos. Pero si no se reforman, las instituciones van a ser las mismas, con 32 gobernadores y 2 mil 300 alcaldes sobre los que no hay control.

“No basta la voluntad de un solo hombre. Pero sí requerimos de un jefe de Estado, porque México no vive una crisis de gobierno, padecemos una crisis de Estado.”

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