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Rumbo a la cuarta transformación de México

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Lorenzo Meyer

Populismo, concepto cargado

(El Siglo de Torreón)

 

 

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Lorenzo Meyer

No, el populismo no puede definir a Andrés López Obrador (AMLO). Ese concepto implica la identificación de su movimiento y partido con un grupo o clase a costa del pluralismo político, social y cultural que caracteriza a nuestro país. No es el caso.

Entre los calificativos que se le han endosado a AMLO está el de populista. Quizá las columnas de opinión han disminuido un tanto el uso de esa caracterización, pero se sigue empleando en las redes sociales y las conversaciones en corto.

En el discurso político, el concepto de populismo puede ir acompañado del adjetivo “de derecha” o “de izquierda” pero en cualquier caso ha adquirido una connotación negativa, una que implica que bajo una apariencia democrática esconde una esencia antidemocrática, (Jan-Werner Müller, ¿Qué es el populismo?, México, 2017, pp. 14, 35).

En su origen, sea en el caso ruso (los narodniki) o en el norteamericano (los populists) del siglo XIX, la meta de quienes formaron esos primeros populismos, era crear consciencia entre las masas campesinas de la explotación a la que estaban sometidas, activarlas políticamente y generar una presión que modificara en su favor al régimen zarista en un caso y al capitalismo brutal, en el otro. Finalmente, los narodniki fracasaron, y muchos pagaron con su vida su intento. El populist movement norteamericano corrió con mejor suerte, no se hizo del poder, pero una de sus figuras centrales, William Jennings Bryan, rozó la posibilidad de ganar la presidencia en 1896 y fue secretario de Estado con Woodrow Wilson.

En América Latina, Juan Domingo Perón en Argentina o Getulio Vargas, en Brasil, han sido considerados ejemplos de populismo. Y en el caso de México, el gobierno del general Lázaro Cárdenas ha sido caracterizado de populista por una buena cantidad de razones, positivas para algunos -reforma agraria, expropiación petrolera, apoyo al sindicalismo- aunque negativas para otros. Treinta años después, algunos encontraron adecuado deslegitimar a Luis Echeverría por populista, aunque de haberlo sido, fue apenas de forma, no de contenido.

Pero ¿qué se entiende exactamente por populismo? Cómo muchos conceptos de las ciencias sociales -casi todos- el término populismo tiene historia, multiplicidad de usos, pero carece de una definición precisa y de una teoría. Como sea, una de las características centrales de todos aquellos movimientos o gobiernos calificados o reputados de populistas, son sus ataques a las élites conservadoras y, más exactamente, a las oligarquías.

En sus tres campañas presidenciales (2006, 2012 y 2018), AMLO usó un discurso anti elitista, donde atacó a la “Mafia del Poder”. Se trató de esa mezcla de políticos representados por Carlos Salinas, priista, y por Diego Fernández de Cevallos, panista, que sistemáticamente operan en contubernio con la administración en turno. Entre los grandes empresarios, Claudio X. González fue mencionado una y otra vez como la personificación del gran capital aliado con quienes hasta hoy han controlado el gobierno y los partidos, para dar forma al crony capitalism (un capitalismo de clientelas), donde la ganancia no es resultado del juego del mercado y la competencia sino de las conexiones entre empresarios y políticos en un contexto muy corrupto, y que ha dado por resultado una formidable concentración del ingreso. En México, y según los cálculos de Gerardo Esquivel -próximo subsecretario de Hacienda-, el 1% de la población de mayores ingresos concentra el 22% del ingreso total, (en Suecia es el 7%), (“Desigualdad extrema en México”: Oxfam-México, 2015, p. 15).

El proyecto de AMLO se propone modificar esta situación pues, en principio, una nación con tanta corrupción y tan poca solidaridad social no es viable. Hoy usa menos el “Por el bien de todos, primero los pobres”, pero su proyecto social sigue siendo ese, anti elitista.

La otra característica sine qua non del populismo es el identificar a una parte de la sociedad con el todo o con su esencia, sean los campesinos, los trabajadores, los “descamisados” del peronismo, etc. Por eso, el populismo, según Müller, es antipluralista. Y es aquí, donde la característica del concepto no corresponde con el discurso o la realidad del lopezobradorismo. El discurso de AMLO abarca no sólo a “los pobres”, que según el Coneval son el 43.6% de la población, sino a las clases medias. De acuerdo con las cifras de Francisco Abundis, director de la encuestadora Parametría, el 1° de julio, los electores de menores ingresos prefirieron a AMLO por sobre los otros candidatos, pero no por mucho. En realidad, la ventaja del tabasqueño sobre sus rivales fue más notable entre los votantes de mayores ingresos (en proporción de dos a uno) y aún mayor cuando la variable fue la escolaridad. Y Abundis concluye: “el voto del ganador de la contienda electoral provino de clase media y no de la gente de menores ingresos como se ha argumentado por algunos analistas” (“¿Quienes eligieron a AMLO como presidente?, Milenio, 10/07/18).

En suma, AMLO considera que es política y moralmente necesario enfrentar el problema de la desigualdad de oportunidades en el México oligárquico, pero tal empeño no se apoya ni requiere de la exclusión de ciertas clases o grupos. En principio, su proyecto es políticamente compatible con el pluralismo y la democracia.

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