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Rumbo a la cuarta transformación de México

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Bernardo Bátiz V.

El valle de México

(La Jornada)

 

 

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Bernardo Bátiz V.

El Valle de México es en realidad una cuenca cerrada a más de 2 mil metros sobre el nivel del mar, ahora sobrepoblado, contaminado, cubierto en gran parte por lo que se llama mancha urbana y vaya que lo es sobre la naturaleza; crece como una plaga y se extiende por los cuatro puntos cardinales y por todos los otros intermediosEn el cuento de Manuel Gutiérrez.Nájera La novela del tranvía relata cómo en uno de aquellos vehículos de transporte urbano que eran entonces gran novedad, viajaba del centro de la ciudad a uno de los barrios de los alrededores; de esto hace ya más de un siglo. Se asombra que la ciudad se extienda más allá de la calzada de Cuauhtemotzin y que haya barrios que emergen ante sus ojos atrás de la cortina de lluvia, lugares no imaginados. Y como todo está mojado, calles y plazas parecen un mar efímero de lodo y se imagina a la gran México Tenochtitlán como una descomunal tortuga que extiende lenta, pero constantemente, sus patas fuera del caparazón.

Al correr de los años, montones de años, esa ciudad incipiente que crecía apenas para rebasar lo que ahora llamamos el Centro Histórico, desbordó todas las expectativas y cubrió los alrededores, se expandió sin orden ni límites, allanó lomas, escaló las estribaciones de las montañas que la rodean, entubó ríos para convertirlos en vías rápidas para automóviles, pero lo más terrible: secó a conciencia el sistema de lagos que hacían del contorno uno de los más bellos del mundo.

Todo fue sobrepasado, lo cierto es que somos demasiados, más millones ¿30? ¿35? de los que soporta nuestra geografía encerrada entre la Sierra Nevada, al oriente; al sur, el macizo del Chichinautzin y la mole del Ajusco; al poniente, Monte Alto y Monte Bajo, y al norte, más lejanas las montañas, ya en lo que son los minerales del estado de Hidalgo.

No muchos han tomado conciencia del fenómeno, se trata de sobrepoblación, hacinamiento y escasez de servicios. Hace ya tres o cuatro décadas la familia Legorreta, banqueros mexicanos, tuvieron la intención de sacar de la cuenca al cuerpo directivo del banco de su propiedad pensando en despresurizarla un poco; para eso crearon en Querétaro, no tan lejos, una pequeña ciudad que llamaron Jurica y hacia allá planearon enviar la dirección de la institución de crédito, los departamentos contables y administrativos y muchos servicios que no requerían contacto directo con su clientela.

Estaba todo preparado, la previsora idea de avanzada hecha una realidad cuando al frívolo presidente José López Portillo se le ocurrió expropiar la banca para pasar a la historia y el flamante centro urbano quedó frustrado.

La idea siguió en el ambiente y en su nuevo proyecto de nación el actual presidente electo, Andrés Manuel López Obrador, propuso sacar de la capital dependencias burocráticas, siguiendo esa vieja preocupación de que saturamos el sobrepoblado Valle de México; se trata de impedir, acotar y detener la gigantesca Valle de México.

Recientemente, al escuchar la opinión de la gente, el mismo dirigente tomó una decisión que formalizará en cuanto llegué al gobierno y que va en el mismo sentido: determinó detener la construcción del elefante blanco llamado NAIM, barril sin fondo, y poner pistas y terminales aéreas en el extremo norte del valle-cuenca, hacia donde está más abierta y causará menos daño al medio ambiente. Alguien, después de décadas, ahora con poder político sale al rescate de nuestro espacio, el aún hermoso y siempre retoñando Valle de Anáhuac. Qué bien que los votantes en la consulta tomaron en cuenta no sólo calificaciones externas y cálculos financieros. Con instinto y amor a México apoyaron la difícil decisión; en el debate, aves migratorias, fauna lacustre y medio ambiente derrotaron a ganancias y negocios. Ganó la solidaridad.

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