Pedro Miguel

Presidente electo

(La Jornada)

 

 

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Pedro Miguel

La sede de la Sala Superior del Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación, en el suroriente de la capital, tiene una historia triste y un aire inconfundible de baluarte medieval fortificado: unas paredes de hormigón que forman una superficie lisa y convexa, con pequeñas troneras y un acceso esquinado que por un asunto de proporciones parece diminuto; está situada, además, al borde de una vía rápida repleta de automotores que hacen el papel de los fosos repletos de cocodrilos imaginarios que rodeaban los castillos. Es un entorno programadamente hostil a los peatones, a la gente de a pie, al pueblo, un fiel reflejo urbanístico y arquitectónico de la concepción de las instituciones que ha imperado a lo largo de décadas. Tras los comicios anteriores al de este año, el edificio fue rodeado de lejos (los operativos antidisturbios fueron, en ambos casos, impenetrables) por manifestantes que protestaban por la consumación de un robo (2006) y de una compra (2012) de la Presidencia. Su angustia por un país que se iba a pique no llegó ni siquiera a rozar los muros del establecimiento judicial; fue derrotado en silencio por las vallas metálicas y las armaduras de los policías antimotines, dispuestos en varios anillos impenetrables alrededor del recinto, en cuyo interior se consumaban las indecencias de ungir a gobernantes elegidos por el poder del dinero.

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