Lorenzo Meyer

Ser y querer ser

(El Siglo de Torreón)

 

 

Mas de

Lorenzo Meyer

En la última centuria, unas elecciones presidenciales mexicanas realmente competidas se decidieron en el campo de batalla; la disputa por la presidencia fue la causa de las rebeliones de Aguaprieta, de la huertista o escobarista. En otras, el fraude fue un factor decisivo. En 1910 desembocó en una revolución y, más adelante, se hizo acompañar de violencia y falta de credibilidad, como ocurrió en 1929 (Vasconcelos vs Ortiz Rubio), 1940 (Almazán vs Ávila Camacho) o en 1952 (Henríquez Guzmán vs Ruiz Cortines).

Algunas de las elecciones realmente disputadas no necesariamente involucraron a una proporción significativa de la ciudadanía, pero otras sí, como ocurrió, además de 1952, en 1988 (Cárdenas vs. Salinas) o en 2006 (López Obrador vs. Calderón). En estos casos, la división y el encono dentro de la parte políticamente activa de la sociedad mexicana -una porción cada vez más amplia-, fue honda y duradera. En contraste, las elecciones sin competencia real -propias del período clásico del presidencialismo priista-, la división que generaron quedó encapsulada y controlada en la cúpula misma del poder, como sucedió en las sucesiones de 1958, 1964 o 1970, donde el elector fue apenas espectador. La elección de 1976 fue caso extremo: el candidato oficial no tuvo competidor registrado y en la cúpula no hubo tensión, por eso y pese al desastre económico de los tiempos, ganó con el 100% de los votos válidos.

Read More