Radiocoapa

Rumbo a la cuarta transformación de México

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Elena Poniatowska

Arnaldo Córdova y el amor

(La Jornada)

Poniatowska

 

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Verlo en las reuniones en casa de Lilia y Chema Pérez Gay era un espectáculo. Ya sentado en el gran sofá de la izquierda, empezaba a gesticular, a sacudir la cabeza, a alzar los hombros, a enojarse y uno se preguntaba quién domaría a este hombre de una inteligencia implacable. Siempre a contracorriente, se levantaba como resorte a protestar, a interrumpir al orador en turno, a demostrar que estaba equivocado. Su campo magnético era mucho mayor que el de cualquiera. A a su lado, Antonio Gershenson, aplastado como flan de sémola, cerraba los ojos quizá para abrirlos un minuto más tarde y rebatirlo.

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Marta Lamas

Elena Poniatowska

(Proceso No. 1934)

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Marta Lamas

De niña, Elena Poniatowska pasaba ratos en la azotea de su casa oyendo platicar a las empleadas del hogar y contemplándolas en sus arreglos. En una ocasión, una de ellas le espetó con coraje: “Bájese, niña, ¿qué no le basta con lo que tiene allá abajo?”. Y no, no le bastaba. Siguió metiéndose en las vidas de las mujeres, en especial de las desvalidas y de las indomables. Es patente el gusto con que describe la rebeldía de la Jesusa Palancares de Hasta no verte Jesús mío (quien dice que las mujeres se tienen merecido el trato que los hombres les dan, por “dejadas”), o el orgullo con que relata cómo Rosario Ibarra, a diferencia de otras madres de desaparecidos que se encerraron con su dolor, se puso a reunirlas. La admiración que a Elena le inspiró la Jesusa, esa mujer jodida y sola, capaz de mandar a todos a la chingada, incluyéndola a ella, la “catrina” latosa, es sólo comparable a la que le despierta Rosario Ibarra, quien “ha hecho del sufrimiento un acto de vida, un acto que nos enaltece, un acto de amorosa entrega a los demás, un acto de creación”. Los dos libros que Elena escribe sobre estas mujeres desafiantes y bravas son muy distintos, pero causan el mismo deslumbramiento. Read More