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Rumbo a la cuarta transformación de México

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Lorenzo Meyer

AGENDA CIUDADANA

*¿Nuevo México? Eso ya lo oímos

(El Sur Periódico de Guerrero)

 

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Lorenzo Meyer

*Desde la década de 1970, la clase política ha venido ofreciendo un “nuevo México”. Y sí, México ha cambiado, pero nunca en el sentido que se ofreció.

Aprendices de brujo. Vamos por un “nuevo México” dijo el presidente Enrique Peña. Pero, por nuestra experiencia, ¿qué debemos entender por “nuevo”?

A mediados de su sexenio, Luis Echeverría habló mucho de cambios pero al final perdió el control de la economía y todo terminó en crisis. Su sucesor decidió petrolizar a esa economía y lo que finalmente logró fue acabar, de mala manera, con el modelo vigente. Miguel de la Madrid se vio obligado a lanzar la idea de la renovación moral mientras destruía las barreras proteccionistas y concluía con el gran fraude del 88. Carlos Salinas, ante la crisis de su legitimidad, se lanzó de lleno al cambio neoliberal y terminó topándose con el EZLN, y el asesinato de su candidato presidencial. Ernesto Zedillo recibió una situación imposible –una caída del PIB del 7 por ciento–, inventó el Fobaproa para salvar a la banca, se olvidó del “bienestar para tu familia” y aceptó rendir Los Pinos al PAN. Los siguientes dos sexenios panistas pretendieron ser la transición a un México nuevo, democrático, pero fueron el desastre que preparó lo indeseado, el retorno del PRI, el de Atlacomulco, el de tradición autoritaria ininterrumpida. Hoy, la presidencia del “nuevo México” busca reactivar una economía que lleva 32 años sin dinamismo privatizando el gran recurso estratégico rescatado por Cárdenas: el petróleo. El “nuevo México” se pareciera al Porfiriato.

Historia. Muchas veces las propuestas que iniciaron una transformación histórica, incluso cuando fueron genuinas, tienen poco que ver con su final. En la Nueva España de inicios del siglo XIX, un cura y otros criollos decidieron aprovechar la coyuntura creada por Napoleón –la invasión de España– para sacudirse el control de ultramar y hacer de México una nación independiente, próspera y feliz. Sin embargo, su acción desató lo que no esperaban, una gran rebelión social que llenó de espanto a los propios criollos y arruinó a la economía. Fue necesario que pasaran decenios para que se recuperara la estabilidad y se comprobara que la prosperidad general seguía como utopía. Algo similar le sucedió a Francisco I. Madero un siglo más tarde; el demócrata coahuilense buscaba adecentar la estabilidad porfirista desatando su nudo dictatorial pero, sin saberlo, desanudó otros controles sociales y finalmente sobrevino una nueva revolución social que arrasó con la propia clase de la que había surgido Madero. Al final, la democracia siguió siendo agenda del futuro.

Hay ejemplos más felices, cambios llenos de riesgos e incertidumbre pero que sí dieron forma a un México, si no nuevo, sí mejor. Ese fue el caso de los liberales reformistas de mediados del siglo XIX, particularmente tras la decisión de Benito Juárez y los suyos de mantener su proyecto republicano pese al éxito inicial del segundo imperio, lo que por un tiempo hizo que el juarismo fuera más quimera que realidad. En 1938, la decisión del presidente Cárdenas de expropiar a las poderosas empresas petroleras extranjeras implicó un gran riesgo, pero finalmente sí logró un gran cambio: dio a México el control de su petróleo que, a su vez, sirvió de base a una industrialización que por un tiempo se llamó milagro mexicano.

Una de las diferencias entre los ejemplos mencionados es que, pese a lo impredecible del entorno, ni Juárez ni Cárdenas perdieron el control del cambio porque, en buena medida, siempre tuvieron claro y fueron fieles a un proyecto que contó con legitimidad y genuino apoyo social.

Mal de muchos. Lo de iniciar procesos que finalmente se salen de control y desembocan en resultados no previstos y se quedan sin legitimidad ocurre hasta en los sistemas más bien organizados. En 1953, por ejemplo, Estados Unidos acabó con el gobierno nacionalista de Irán –Mosaddegh había nacionalizado el petróleo– y repuso en el trono a un amigo –al sha–, pero plantó la semilla de la rebelión de 1979 de los ayatolas. Washington apoyó entonces al Irak de Saddam Hussein en su cruenta guerra contra el Irán islámico, pero en 1990 Hussein atacó a un aliado norteamericano –a Kuwait– y Washington decidió frenarlo y luego inventar un pretexto para ocupar ese país en 2003. El caos que eso produjo en Irak ayudó a engendrar al islamismo radical antiamericano que busca crear un califato en Irak y Siria. Estados Unidos, al buscar un “nuevo” Medio Oriente creó un problema del que aún no puede salir.

Conclusión. Desde los 1970, México entró en una dinámica de búsqueda del cambio, pero esas mudanzas impulsadas desde arriba han dado resultados no deseados. Hoy estamos viviendo una avalancha de reformas constitucionales hechas por la misma clase política que ha fracasado en el pasado y que sigue sin atreverse a tocar un entramado institucional más débil y más corrupto que antes. El pregonado “nuevo México” sólo ha despertado la imaginación del mundo del dinero global pero no la del mexicano de a pie. Hasta hoy, nada permite disipar el temor de que vuelva a ocurrir lo sucedido desde los años setenta del siglo pasado: cambiar, pero sin dar respuesta a la problemática nacional y terminando donde no se suponía que terminaríamos.

Esta columna dejará de escribirse dos semanas.

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