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Rumbo a la cuarta transformación de México

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Lorenzo Meyer

AGENDA CIUDADANA

La (posible) embajadora

(http://suracapulco.mx/)

 

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Lorenzo Meyer

El embajador. El directorio de la Secretaría de Relaciones Exteriores enlista 73 embajadas extranjeras. Sin embargo, si en México sólo se hiciera referencia a “el embajador”, se daría por sentado que se trataba del estadunidense, pues desde 1848 su país es la fuerza externa con mayor peso en el país.

Se anunció que el presidente Barack Obama va a cambiar a “el embajador” –en este caso a Anthony Wayne–, y que de no haber un veto en su Congreso, pronto tendremos en México a “la embajadora” María Echaveste, una abogada texana, hija de padres mexicanos y que fue colaboradora del presidente William Clinton.

Historia. Fue en el Congreso que celebraron en Viena en 1815 los representantes de los vencedores de Napoleón, que se definió a los embajadores como agentes diplomáticos que representaban a la persona del monarca que los enviaba y, por tanto, además de privilegios e inmunidades, tenían derecho a audiencias con el soberano del país ante el que estaban acreditados.

Por un tiempo, los embajadores fueron apenas un puñado de personajes selectos que actuaron entre las potencias; el grueso de los representantes diplomáticos eran tan sólo ministros o meros encargados de negocios. Poco a poco, el nombramiento de embajadores se fue extendiendo, y tras la II Guerra y bajo el principio de igualdad de los estados, prácticamente todas las representaciones diplomáticas tienen al frente a un embajador. Su proliferación y la rapidez de las comunicaciones han hecho que la importancia del cargo haya disminuido. Hoy hay tantos embajadores, que algunos simplemente no tienen otra cosa que hacer que atender asuntos de rutina. Los temas de importancia se consultan al momento y la responsabilidad política del embajador ya no es la que tenía cuando el lapso de tiempo entre sus despachos y la recepción de instrucciones podía ser largo, y entretanto debía de tomar decisiones y asumir riesgos.

Nuestro caso. El primer representante de un gobierno extranjero que fue acreditado en México, ya no con el simple rango de ministro sino de embajador, fue Powell Clayton, de Estados Unidos, en 1898. Por un tiempo, el estadunidense fue el único embajador y, por tanto, encabezó al cuerpo diplomático. Fue justamente eso lo que facilitó que en 1913 el embajador Henry Lane Wilson organizara a varios diplomáticos europeos para que formalmente le pidieran al presidente Francisco I. Madero su renuncia a su cargo y se facilitara así el golpe militar que ya fraguaba Victoriano Huerta.

El primer diplomático estadunidense en nuestro país apareció muy temprano, se trató de William Shaler, nombrado “agente diplomático especial” entre 1810 y 1812. Después de lograda la Independencia mexicana, en 1825 se presentó Joel Roberts Poinsett, de Carolina del Sur, como ministro estadunidense. Desde entonces y hasta hoy, Washington ha tenido a 74 enviados ante nuestro gobierno. De esa larga lista, a pocos se les recuerda de manera especialmente positiva –en ese pequeño grupo destaca Josephus Daniels, representante de Franklin D. Roosevelt entre 1933 y 1941–. La lista de los mal recordados es mayor y es un indicador de la naturaleza de la relación México-Estados Unidos. Entre estos últimos descuellan Poinsett, Anthony Butler, James Gadsden, Robert McLane, Henry Lane Wilson y James Sheffield, pero hay más. En el libro coordinado por Ana Rosa Suárez, En el nombre del destino manifiesto, (Instituto Mora, 1998), hay un juicio, desde la óptica mexicana, sobre 52 ministros y embajadores norteamericanos en nuestro país.

Echaveste. La nueva embajadora, si es confirmada, llegará a un país que tuvo pero hoy ya no tiene una política exterior que, con mayor o menor suerte, buscaba mantener o aumentar la independencia relativa de México frente a Washington. Hoy, es la presión de Estados Unidos y el grado de aquiescencia mexicana lo que en mucho marca el rumbo y ritmo de la relación bilateral. Si Washington pide a México detener el flujo migratorio de centroamericanos, México lo hace y se nota, (The New York Times, 22 de septiembre). Si Washington pide a México el equivalente del Plan Colombia para combatir al narcotráfico, México adopta la Iniciativa Mérida y también se nota, aunque una inesperada filtración de Wikileaks hizo que el presidente mexicano se enojara cuando se difundió la crítica del embajador Carlos Pascual a la forma en que el gobierno calderonista cumplía con lo que se le pedía. Ahora bien, cuando México le ha pedido a Washington una reforma a su ley migratoria para que nuestros indocumentados salgan del limbo legal en que están o cuando demanda detener el flujo de armas con las que se equipan los ejércitos del crimen mexicano, Washington no ha hecho nada, y eso también se nota.

En conclusión. Si nombran a la señora Echaveste embajadora, bienvenida y ya iremos viendo su agenda, pero en cualquier caso todo indica que ella tendrá la iniciativa y que a México le tocará reaccionar, pues básicamente esa ha sido la naturaleza de la relación con el vecino desde hace buen tiempo.

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