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Rumbo a la cuarta transformación de México

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Manuel Deffis

De la esencia de México

 

Manuel Deffis

 

Manuel Deffis

Me encontré con un texto, que retrata perfectamente la esencia de México, es una crónica del sacerdote jesuita francés Gerardo Decorme S.J., el texto data de principios del siglo XX, y se refiere al Pueblo Tarahumara, y está sacado de la obra, (*)Historia de la Compañía de Jesús en la República Mexicana durante el siglo XIX.

Hoy que somos testigos de la debacle de la propuesta civilizatoria cuya característica principal es convertir todo recurso natural en mercancía, es importante contrastarla con las formas de convivencia de los pueblos originarios y el papel que juegan los recursos naturales para su sobrevivencia.

Decorme describe la condición de los pueblos indígenas en función del interés de los jesuitas por su misión evangelizadora, y en ello exhibe las formas de convivencia indígena, su organización gubernamental y sobretodo la concepción que tienen con respecto a la propiedad social sobre sus recursos naturales (las cursivas son mías): 

«…de los pueblos de mayoría indígena, se hallan confinados a la inmensa serranía, comprendida entre los ríos de Urique y el de San Miguel (perteneciente al municipio de Batopilas), cuyos 25 y tantos pueblos se atienden desde Norogachi y Tonachi por nuestros misioneros. Solo ellos conservan ciertos bienes comunales y algún género precario de gobierno civil indígena heredado de tiempos antiguos. Casi a solo ellos, pues, como residuos de raza pura, se puede aplicar estrictamente lo que queda civil y religiosamente de la organización antigua, haciendo notar lo precario de lo civil indígena la decadencia casi completa de lo religioso por la falta o largas ausencias de sacerdotes.

7.- BIENES COMUNALES.- Si el tarahumar es dueño de la casita que levanta, de los árboles frutales que planta y del campo que desmonta para su labranza, de ninguna manera puede apoderarse de los montes o ríos, ni de los bosques, sino que todo aquellos es propiedad del pueblo o aglomeración de los vecinos indígenas, naturales de allí o admitidos por el consejo de gobernantes de la misma raza. Son bienes comunes a todos en general y nadie en particular tiene derecho a ellos.

Aun las leyes de Reforma han respetado en partera clase de propiedad y muy ufanos se muestran los indios, cuando presentan las escrituras autorizadas por Juárez que les concedió seguir poseyendo lo que tenían antes de la supresión de los jesuitas, y en Nanoava, habiéndose echado «mano viva» sobre propiedades que creían de «manos muertas», se devolvieron a los indios una gran parte de estos bienes, porque se averiguó haberse adquirido en compañía del P. Yáquez.

De ahí la codicia de los blancos y el afán de arrojar de los ranchos a los legítimos dueños y de confinarlos en sus mezquinas residencias. Las penetración de los blancos en la sierra es casi siempre una serie ininterrumpida de crímenes, patrocinados por altas personalidades que ven en ello su interés.

Se destruyen bosque enteros para negociar millones de durmientes y se saldan cuentas a los dueños con uno cuantos hectólitros de maíz. Se fomenta la pereza y la embriaguez del indio para hacerle contraer deudas, obligarle a vender por nada sus terrenos y tener perpetuamente adeudados o esclavizado a sus hijos y hasta sus nietos. Estos infames traficantes, huídos a veces de las cárceles, pueden en la sierra contar con la impunidad y burlarse de todas las leyes humanas y divinas. Tal es la verdadera situación.» 

(*)Historia de la Compañía de Jesús en la República Mexicana durante el siglo XIX
Gerardo Decorme S.J.
Tomo III (1880-1914)
Pag. 440

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