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Rumbo a la cuarta transformación de México

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Lorenzo Meyer

AGENDA CIUDADANA

*Venceréis, pero ¿convenseréis?

(Sur de Acapulco)

 

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Lorenzo Meyer

En un ambiente político tan deteriorado como el nuestro, los procesos electorales dificilmente renovarán la legitimidad y apenas modificarán la distribución del poder

Tipos de victoria. “Venceréis, pero no convenceréis. Venceréis porque tenéis sobrada fuerza bruta; pero no convenceréis, porque convencer significa persuadir”. Lo anterior se lo dijo Miguel de Unamuno, siendo rector de la Universidad de Salamanca, al general franquista Millán-Astray en 1936. Unamuno salió con vida del trance pero murió poco después.

Lo anterior viene al caso por las próximas elecciones intermedias. Puede haber sorpresas, pero los indicadores demoscópicos dan como ganadores a la coalición PRI-PVEM que, en realidad es el viejo PRI y su nuevo sector: el verde, más un micropartido rémora. Ganarán, pero difícilmente convencerán, pues apenas una minoría ciudadana quedará persuadida que el proceso se dio en un ambiente genuinamente democrático.

De acuerdo con datos de Reforma (30, marzo, 2015), sólo el 26 por ciento de los ciudadanos encuestado consideró que el Instituto Nacional Electoral (INE) es una institución independiente que vela por sus intereses. La mayoría, el 65 por ciento, supuso que el INE está controlado por los partidos. Y el más importante de ellos, desde luego, es el que tiene el control del gobierno federal, de la mayoría de los gobiernos estatales y una fuerte y añeja estructura territorial: el PRI.

Campaña. La actual campaña electoral puede verse como un curso intensivo que la partidocracia y el gobierno –en la medida en que se puede diferenciar entre ambos– dan a la ciudadanía en materia de degradación del sentido del voto, primer peldaño de cualquier edificio democrático.

El mexicano, incluso aquel que no se interesa en política, está sometido a un torrente de mensajes sin contenido vía prensa, radio, televisión, carteles y espectaculares. Cientos de miles de spots que nada dicen sobre la esencia de la contienda política, sobre los supuestos proyectos en competencia. Quien busque estar políticamente bien informado tiene muy pocas alternativas, pues el grueso de los noticieros y programas de televisión y radio para audiencias masivas están sesgados en favor de la coalición del gobierno, especialmente desde que MVS sacó del aire a Carmen Aristegui. Hace un par de semanas, un colega, Sergio Aguayo, hizo la medición de un noticiero de TV Azteca a lo largo de una semana y comprobó que el 53.4 por ciento del tiempo se lo dio al Partido Verde, es decir, al aliado del PRI que tiene mayores posibilidades de crecer. (Reforma, 13 de mayo).

Es por demás señalar lo inútil que han sido todas las protestas contra las reiteradas violaciones al código electoral que ha hecho ese Partido Verde. Les han multado, pero los verdes esperan que lo que ganen el 7 de junio les compensará con creces dichas penas. El reparto de televisores, despensas, tinacos e infinidad de otras cosas, con las que el gobierno y varios partidos compran votos, se hacen a diario y a plena luz. La degradación ya llegó hasta alguna de esas instituciones que, en principio, debían ser bastiones de la buena ética política: en Nuevo León el PRI, PAN y PT contratan por mil 700 pesos y lonches a estudiantes universitarios para hacer propaganda por partidos, pero además, algunas sociedades de alumnos han prometido a esos nada espontáneos colaboradores, que aprobarán materias sin la molestia de acudir a clase. (Reforma, 24 de mayo). Así, no sólo se degrada al voto sino también la calidad y la naturaleza de otras instituciones. Y estos son apenas botones de un muestrario muy amplio.

Pasado y presente. En la época del priismo clásico, cuando no había opciones para el ciudadano, el que el mexicano promedio no confiara en las elecciones no importaba. Se podía, por ejemplo y sin mayores consecuencias, anunciar que José López Portillo había ganado la presidencia en 1976 con el 100 por ciento de los votos válidos, lujo que no se daban entonces ni los soviéticos.

La legitimidad de ese sistema clásico la daban la falta de opciones, el manejo más o menos aceptable de la economía –recuérdese que hubo un milagro mexicano–, la ideología revolucionaria y la capacidad del Estado para mantener un grado aceptable de seguridad. Pero hoy ya no existe nada de lo anterior, y el voto real, el que si podía ser fuente de legitimidad, apenas si sostuvo su vigencia en el arranque del sexenio de Vicente Fox.

El retorno del PRI. La vuelta del PRI al poder presidencial se vio favorecida por el obvio fracaso del PAN y la división de la izquierda. Muchos supusieron que el viejo, mañoso y corrupto partido fundado en 1929, sí sabría como volver a gobernar. Quienes así razonaron confiaron en que el PRI podría controlar al crimen organizado y también hacer crecer la economía. Tales supuestos, aunados al dinero en grandes cantidades para llevar adelante una buena campaña mediática, y la compra de votos (lo que se puede llamar “el fenómeno Monex”), dieron por resultado el 2012 y el Pacto por México, pero al final ya no hubo ni crecimiento ni seguridad, sólo la corrupción tradicional en mayor escala.

¿Y el futuro? En Guerrero no quieren elecciones, y líderes como Javier Sicilia (MPJD) o el obispo Raúl Vera, simplemente ya no ven la utilidad de un sistema que ha sido reformado una y otra vez sin conseguir credibilidad. Ellos demandan un congreso constituyente. Andrés Manuel López Obrador y Morena reconocen todos los vicios del actual régimen, pero confían en poder reformarlo desde dentro. En todo caso, se trata de proyectos de muy largo plazo. Y mientras llega ese largo plazo, si es que llega, ¿qué hacemos?

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