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Rumbo a la cuarta transformación de México

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Lorenzo Meyer

AGENDA CIUDADANA

¿Honor? ¡Error y horror!

(Sur de Acapulco)

 

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Lorenzo Meyer

“Sería un gran honor encontrarme con usted y tener una conversación directa sobre el futuro común de nuestras naciones”. La cita es parte de la invitación para recibirle en Los Pinos que Enrique Peña Nieto (EPN) hizo el 25 de agosto a Donald Trump, el candidato presidencial norteamericano que ha hecho del ataque a México y a los indocumentados mexicanos un leit motive de su campaña. ¿En verdad EPN consideró que esa reunión sería un honor? Finalmente resultó un gran error y para nosotros un horror.

En política a veces se pueden y deben tomar riesgos que implican exponer mucho pero que abren la posibilidad de ganar igual. La historia provee numerosas instancias de este azaroso juego. Tomemos un par de ejemplos históricos mexicanos, uno donde se ganó y otro donde se perdió.

En diciembre de 1859 el gobierno liberal del presidente Juárez, sitiado en Veracruz por el ejército conservador, aceptó firmar con Estados Unidos un tratado –el McLane-Ocampo– que otorgaba a Estados Unidos a perpetuidad, el derecho a usar y controlar tres rutas de comunicación en México: el Istmo de Tehuantepec y dos caminos, uno que iría de Guaymas a Nogales y otro de Mazatlán a Matamoros. A cambio, y declarando explícitamente que había una guerra civil en México, Washington reconocía al gobierno liberal de Juárez, pagaría 4 millones de dólares. Y se comprometía a auxiliarle para mantener el orden interno, es decir, a enfrentar a sus adversarios conservadores. La apuesta era peligrosísima pues implicaba dejar a México en calidad de protectorado a cambio de la oportunidad de consolidar un régimen que rompiese con el pasado. La apuesta salió redonda. El Congreso norteamericano, dividido entre sureños y norteños, no ratificó el tratado, pero la intervención de la armada norteamericana si frustró el plan conservador del ataque por mar a Veracruz. Cuando la suerte de la guerra se tornó en favor de Juárez, éste simplemente declaró ya no estar dispuesto a negociar lo propuesto por Estados Unidos.

En contraste, en febrero de 1913, a Madero y a México les salió muy mal la apuesta del presidente de poner la defensa de su gobierno y de su proyecto democrático, amenazados por el levantamiento militar en la Ciudad de México, en manos del general disponible más experimentado y probadamente el más capaz, Victoriano Huerta, pero cuya lealtad estaba ya bajo sospecha. La traición final de Huerta le costó a Madero la vida y al país mucho más.

¿Apostar en grande a cambio de qué? El juego de Juárez y Madero implicó arriesgar mucho –demasiado en el primer caso– a cambio de intentar salvar no sólo la vida sino sendos grandes proyectos políticos que implicaban la posibilidad de poner los cimientos de un país distinto y mejor. Pero ¿qué podían ganar EPN y el país con invitar a Donald Trump en la recta final de una de las campañas electorales más duras, más inciviles, en la historia política de Estados Unidos?

Por lo que sabemos y a reserva de la nueva información, la idea de convocar y recibir oficialmente a quien hoy se ha mostrado como el enemigo público número uno de México en Estados Unidos –enemigo de los mexicanos como comunidad y de su gobierno, al que responsabiliza de lanzar a sus ciudadanos “más indeseables” a Estados Unidos para que introduzcan drogas, enfermedades y cometan crímenes, (The Guardian, 7 de julio, 2015)– provino del ahora ex secretario de Hacienda, que aspiraba a la candidatura presidencial en 2018 y “eminencia gris” del gobierno de EPN.

Para neutralizar la previsible reacción negativa en México a la presencia de Trump y ganar políticamente, era indispensable que EPN lograra que su invitado se retractara de manera pública de alguna o de todas sus opiniones y posiciones negativas sobre nuestro país y sus ciudadanos. ¿Pero quién en su sano juicio, con conocimiento, aunque fuese superficial, de la personalidad de Trump y de la naturaleza de la política electoral norteamericana, supuso que el personaje al que alguna vez EPN comparó con Hitler y Mussolini, iba a retroceder o modificar públicamente sus pronunciamientos sobre los inmigrantes indocumentados mexicanos, su propuesta de acentuar la política de deportación que desde hace tiempo está en marcha en Estados Unidos, su propósito de revisar a fondo el TLCAN para desalentar las inversiones norteamericanas en nuestro país, su promesa de construir una “magnífica muralla” a lo largo de toda la frontera con México y, además, obligar a los mexicanos a pagar por ella grabando las remesas que los mexicanos envían desde Estados Unidos? Dar marcha atrás en alguno de estos puntos hubiera significado el suicidio político de Trump.

¿Se pensó en una “diplomacia secreta” y lograr un acuerdo oculto? Absurdo apostar por compromisos no públicos en una maniobra tan pública, con un personaje tan poco fiable y, finalmente, tan ofensivo para el grueso de los mexicanos… y para la candidata del Partido Demócrata en Estados Unidos que ya no aceptó venir a México.

En resumen, EPN aceptó correr un gran riesgo político, pero sin tener nunca la posibilidad de una ganancia equivalente. Por tanto, los razonamientos que llevaron a la presidencia a tomar el riesgo de una extraordinaria pérdida de prestigio y de legitimidad interna y externa son ininteligibles, incomprensibles y, finalmente, dañinos para el interés nacional.

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