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Rumbo a la cuarta transformación de México

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Rafael Croda


José Mujica afirma que México se distanció de América Latina por la proximidad absorbente de Estados Unidos y ahora está pagando el precio de depender básicamente de un solo mercado. Además, frente a los desafíos de Washington, Peña Nieto “podría haber hecho más en términos de firmeza”, señala el exmandatario uruguayo. Para él, ya es hora de revertir esa situación y propone que la diplomacia mexicana recorra el continente en busca de un modo de unirse con sus vecinos del sur.

(Proceso No.2111)
 
 


 
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Rafael Croda

Cali, Colombia.- –¿Entonces quiere que hablemos del muro de Trump?, pregunta el expresidente de Uruguay, José Mujica.

–Sí, entre otros temas…

–El muro –dice y se reclina en el sillón–: el Muro de Berlín es una zanjita frente a la bestialidad que quiere construir Trump en la frontera con México…

Con el lenguaje sencillo, sin estridencias, el “senador” Mujica, como le gusta que lo llamen, suelta frases sin desperdicio: que el presidente Enrique Peña Nieto “podría haber hecho más en términos de firmeza” ante los desafíos que Trump plantea a México; que este país está “pagando sin restricciones” el costo de acercarse demasiado a Estados Unidos y creer que el libre comercio es una panacea; que al gobierno mexicano le corresponde lanzar alguna iniciativa entre los países latinoamericanos para fijar una posición común ante Trump….

Es el jueves 30 de marzo y Mujica recibe al enviado de Proceso en la habitación de su hotel en Cali, Colombia, ciudad a la que acudió para ser, junto con el expresidente español Felipe González, garante internacional de la implementación de los acuerdos de paz entre el gobierno colombiano y la guerrilla de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC).

De hecho, la paz en Colombia le parece un asunto fundamental para Latinoamérica, pues eso significa poner fin al conflicto armado interno más antiguo y perturbador de la región.

–Yo soy un hombre de izquierda –dice– y el presidente de Colombia (Juan Manuel Santos) no se puede catalogar como un presidente de izquierda. Sin embargo he tratado de hacer todo lo posible en favor de la paz y de ayudarlo en todo lo que he podido, con humildad. ¿Por qué? Porque la paz no es de izquierda ni de derecha. Es paz.

“Neoestoico”

En un mundo donde la mayoría de los exgobernantes son dueños de grandes fortunas o pensionados de privilegio, es muy probable que el uruguayo Mujica sea el más pobre.

Cuando dejó la Presidencia de Uruguay, el 1 de marzo de 2015, su patrimonio era de 329 mil 380 dólares, según su declaración jurada. Hoy no llega a los 300 mil, gracias a la devaluación del peso uruguayo. Tiene una chacra (ranchito) en las afueras de Montevideo, dos autos Volks­wagen de 1987 –los viejos “vochos”–, la mitad de la propiedad de dos inmuebles y tres tractores que él mismo maneja en sus faenas agrícolas.

–¿Es cierto que usted es el expresidente más pobre del mundo? –se le pregunta.

–¡Qué voy a ser pobre! –exclama con los brazos extendidos–. Yo no soy pobre. Pobres son los que precisan mucho. Mi definición es la de Séneca, el escritor romano contemporáneo de Cristo: yo soy, filosóficamente, algo así como neoestoico.

Mujica ríe porque el término “neoestoico” le parece divertido, pero habla muy en serio. Si Séneca promovía el estoicismo en la corte de Nerón, él ha hecho de esa corriente filosófica –que promueve el desprendimiento de los bienes materiales– un modo de vida.

Sólo al final de su mandato como presidente se supo que había donado 90% de su salario a causas sociales. La mayoría, unos 550 mil dólares, los destinó a un proyecto de vivienda para las familias más pobres de Uruguay.

Ese estilo frugal y su biografía marcada por sus 12 años en la guerrilla de los Tupamaros, sus 15 años en prisión y su socialismo sin estridencias al abandonar la lucha armada, explican en parte por qué cuando dejó la Presidencia no sólo tenía 60% de popularidad en su país, sino que era una figura política respetada en todo el mundo.

Hoy, a sus 82 años, Mujica, a quien los uruguayos llaman Pepe, no alcanza a atender todas las invitaciones que le hacen decenas de países para dar conferencias y avalar, con su sola presencia, algunas causas. Cuando esas causas son las suyas, él hace un esfuerzo y emprende largos viajes desde su chacra.

Su esposa, la senadora Lucía Topolansky, quien fue su compañera de armas en el Movimiento de Liberación Nacional-Tupamaros, le hace su maleta –un par de pantalones de mezclilla, dos camisas, una chamarra, un pantalón de dril y un saco– y por lo general le pide a alguno de sus amigos que lo acompañe. A ella no le gusta viajar.

El muro

Durante la entrevista con Proceso, Mujica recuerda que el año pasado fue a Tijuana y que unos mexicanos le dijeron: “Nosotros le hacemos el muro y le pagamos el muro (a Trump), pero en la frontera vieja”, en referencia a la que había antes de que despojaran a México de más de la mitad del territorio.

–Pero el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, lo quiere construir en la nueva frontera –le comenta el reportero.

–Es triste –afirma Mujica–. Si Estados Unidos tuviera una visión abierta, intentaría jugar su porvenir con nosotros y empezaría a trabajar estratégicamente para ser una nación bilingüe y aceptar la proximidad con América Latina. Si quisiera detener a los inmigrantes, tendría que dar esa batalla. Porque nadie migra porque le gusta. Se migra por necesidad, porque se tiene que pelear por la vida. Entonces el problema no es hacer un muro, el problema es ayudar a superar la pobreza que hay en América Latina.

Es entonces cuando comenta su parecer: que el presidente Peña Nieto “podría haber hecho más en términos de firmeza” frente a los desafíos que ha planteado Trump a México: el muro, su política antiinmigrantes y su intención de renegociar el Tratado de Libre Comercio de América del Norte o de imponer aranceles a las importaciones mexicanas.

–La mayoría de los mexicanos piensa también que Peña Nieto debe ser más firme ante Trump –se le comenta.

–Bueno, yo creo que México ha hecho lo que ha podido. No sé, no puedo estar en la carne del presidente. Creo que es una situación difícil. Ahora, hay que bajar al pueblo, hay que hablar con su pueblo y luchar… Trump no va a durar toda la vida tampoco. Nunca se olvide que los gobiernos pasan y los pueblos quedan. Tal vez el problema estratégico de México es el que señaló Porfirio (Díaz): tan lejos de Dios y tan cerca de Estados Unidos –dice con una sonrisa.

–¿Cree que esa vecindad, que ha sido históricamente conflictiva, le está pasando la factura otra vez a México en estos momentos?

–¿Sabe una cosa? Ese problema le va a costar, le va a costar a México, pero ojalá que podamos aprender. México se distanció (de América Latina) por la atracción de la proximidad (con Estados Unidos). Parecía el camino más sencillo. Y el resto de los latinoamericanos no le dimos pelota tampoco a México. Esto lo discutí con una presidenta brasileña: “¿Cuándo Brasil se va a bajar del caballo y va a tener una gestualidad permanente (de acercamiento) con México?, porque hay que entender la situación en la que está México”… Pegado al monstruo que está ahí, y tan alejado de los latinoamericanos, ¡porque no llegamos!, y rodeado de países chicos.

–¿Le parece que México está pagando el costo de la decisión que tomó hace más de 20 años de negociar un TLC con Estados Unidos?

–Sí. Lo está pagando sin restricciones. A México le pareció que el libre comercio era una panacea. Los hechos vienen a mostrar que no, que no es así, y a establecer una cosa que debe ser una lección para todos: nunca se puede depender de un solo mercado. Los riesgos en el mundo del comercio internacional son inevitables, pero hay que diversificar mercados. Mi pequeño país es insignificante al lado de México, es un barrio de la Ciudad de México, pero nosotros vendemos carne a más de 100 países. Paquetitos de carne les vendemos.

–¿Usted cree que México le dio la espalda a América Latina cuando negoció el TLC con Estados Unidos?

–Algo de eso pensamos siempre, pero hay una responsabilidad nuestra también. No tuvimos estatura, no tuvimos una política de integración. Cuando estamos al frente de los gobiernos, estamos más preo­cupados de ver quién gana las elecciones que vienen, y a veces no vemos la cuestión estratégica de largo plazo, donde tenemos que trabajar para otras generaciones. Entonces decimos: “Nos vamos a integrar”, y vamos a una conferencia, nos sacamos la foto y después cada quién está en la de él.

“A Trump no le interesamos”

Para Mujica, ni Peña ni Latinoamérica han estado “a la altura de los acontecimientos” que se suscitaron en Estados Unidos desde que Trump comenzó una campaña electoral basada en el racismo, la explotación de los sentimientos antiinmigrantes de la población estadunidense blanca y poco educada y las continuas ofensas a México y a los mexicanos.

“Nos ha faltado estatura a todos”, afirma, “ni siquiera tuvimos el coraje de reaccionar como gobiernos”.

–¿Se refiere a los gobiernos de México o del resto de América Latina?

–A todos nos ha faltado estatura.

–Parece que Trump sorprendió a la región desarticulada, dividida, sin una política clara de integración…

–Nos tomó así. Pero no le interesamos tampoco, ¿eh? A él le interesa gritarnos. Pero como región no le interesamos pa’ nada. Y nosotros ni siquiera tuvimos el coraje, como gobiernos, cuando Trump empezó a decir las barbaridades del muro, por lo menos de hacer algo desde el punto de vista declarativo. Aunque sea, debimos haber levantado la voz en defensa de México.

–El expresidente colombiano Ernesto Samper ha propuesto una cumbre latinoamericana para tener una postura unificada frente a Trump. ¿Qué piensa de una cumbre de esa naturaleza?

–La cumbre puede ayudar, pero si a partir de la cumbre hay una política afincada. Al lado de cada presidente latinoamericano tendría que haber un alto funcionario cuya preocupación debería ser la batalla por juntarnos. Batalla por juntarnos no significa dejar el himno ni dejar la cosa ni nada por el estilo. Significa construir un alero que nos proteja a todos. Tener acuerdo financiero, acuerdo de mercados, ir construyendo una política fiscal en común. Tener una cuota de proteccionismo para con el resto del mundo, y más favorable para nosotros, sin caer en un proteccionismo cerrado.

–Samper piensa que le corresponde a Peña Nieto hacer esta convocatoria…

–A él le corresponde. México es un país muy grande y está agredido y está en un momento difícil. Por lo menos debería mover toda su cancillería, recorrer toda América y desembocar en una cosa de esas.

–Hay dirigentes de la izquierda latinoamericana que piensan que el “pecado capital” de México al haberse alejado de la región fue aprovechado por Brasil para excluir a México de los esquemas de integración. En la última década Brasil promovió, como concepto, la integración sudamericana, no la integración latinoamericana…

–¡Claro! ¡Claro! A los suramericanos no nos da la nafta (gasolina) para actuar solos. Podemos soñar que pudiéramos estar juntos, o más juntos de lo que estamos. Vuelve y no nos da, porque el mundo rico es tremendo, la ventaja que nos lleva.

“Europa tiene 700 millones de habitantes, con un ingreso per cápita infinito, con universidades ancestrales, con un sistema de investigación. Nosotros generamos algunos hombres de ciencia y nos los compran y los llevan para allá. Estamos a leguas de poder integrar nuestro mundo universitario y nuestra propia inteligencia. Y en el horizonte está apareciendo China. Y nosotros nos atomizamos, cuando deberíamos tener masa crítica y dar la batalla de la integración.”

–Pero, como usted dice, prevalecen las divisiones. México se integró comercialmente a Estados Unidos, pero a Brasil nunca le interesó mucho tener a México de socio.

–No, claro que no. Más bien al contrario, lo veía como competidor. Si yo lo discutí.

–¿Con Dilma Rousseff, cuando ella y usted eran presidentes?

–Sí. Yo lo discutí, y también lo discutí pidiéndole a Brasil que mirara a Perú, porque Brasil debe tener un puerto en el Pacífico, porque la economía va para allá. Hay que tener una visión más geopolítica, mirar el todo.

–¿Y no le hizo caso?

–Todos me dan la razón, pero es que no pueden escapar de sus contradicciones. No es que seamos malos, es que cada cual atiende la urgencia que lo rodea. ¿Y qué le estoy diciendo acá? Que el problema es de alta política. Nuestra falla es de alta política, porque nunca podremos lograr lo que previamente no imaginamos que tenemos que lograr. El camino, primero, hay que verlo en la cabeza y, después, pelear por él. Pero si no lo vemos como una necesidad histórica…

–¿Nos gana el cortoplacismo?

–A mí me desespera, porque veo que se están creando unidades gigantescas en el mundo. Porque hablamos de China, ¿y la India?, ¿qué me contás? Yo no voy a vivir en ese mundo, porque me voy, pero esos son los colosos del futuro.

Mujica cuenta que cuando era presidente de Uruguay (2010-2015), lo visitó en su oficina de la Torre Ejecutiva de Montevideo una agrónoma francesa. Su país estaba en plena vendimia (la temporada de la cosecha de uvas para hacer vino) y ella había ido, contratada por empresas chinas, a estudiar las particularidades de la vitivinicultura uruguaya.

“Y oiga esto pa’ que se caiga de espaldas”, dice el exmandatario, “me dice esta agrónoma: ‘Nosotros calculamos que en 15 años más China va a ser el primer productor mundial de vino’. Y le digo: ‘¿Pero ni eso nos va a dejar China?’. ‘¡Ni eso!’, me respondió. ¿Y sabe por qué? Porque los chinos pueden contratar a los mejores técnicos franceses. ¡Ya se los llevaron para allá! Los tienen trabajando en viñas nuevas, de 15 o 20 mil hectáreas”.

La anécdota es un recurso discursivo permanente en el expresidente y senador uruguayo. La ha usado desde siempre. Es algo muy campesino, muy del alma rural latinoamericana. Los agricultores de toda la región se juntan por las tardes en sus pueblos a beber –mate, aguardiente, ron, pisco o café– y a hilar historias. Y Pepe será muy político y muy exguerrillero, pero también es muy agricultor. En su chacra cultiva flores, alfalfa, habas, tomates y maíz.

“Pepe es, esencialmente, un campesino con una gran cultura”, dice Diego Cánepa, quien lo acompañó a Cali.

Diego, un político y abogado uruguayo de 44 años, con un posgrado en administración pública por la Universidad de Harvard, fue secretario de la Presidencia de Mujica. Era parte de los jóvenes izquierdistas bilingües y formados en el exterior que acompañaron al exgobernante durante su mandato de cinco años y que hacían el equilibrio en el gabinete a los dirigentes formados en la izquierda tupamara.

En tiempos de la posverdad

Además de ser un neoestoico, como él se define, Mujica es un animal político surgido de la izquierda en armas de los sesenta, que por obra y gracia de su intuición premonitoria renunció a la lucha armada tras pasar ocho años en prisión, confinado en un hoyo en el que nunca vio la luz del sol.

Sin rencores, dejó atrás el dogmatismo ideológico sesentero y optó por un socialismo pragmático y eficaz que, convertido en programa de gobierno por la coalición izquierdista Frente Amplio, ha hecho de Uruguay el país con mayor desarrollo humano de América Latina.

Y Mujica no se siente un héroe revolucionario ni prócer de ninguna causa. “Yo no estuve preso por héroe, sino por falta de velocidad”, dice cada vez que se le pregunta por sus años en prisión. Así lo repitió en Cali, porque este anticaudillo latinoamericano no quiere vanagloriarse de nada.

A sus 82 años, este atípico político latinoamericano se entiende muy bien con el público joven que acude a sus conferencias. Se comunica con ellos porque habla sencillo, como un campesino de la ruralidad profunda uruguaya.

Desde esa simplicidad que lo habita sabe entender asuntos complejos de la tecnología moderna. Por ejemplo, el triunfo electoral de Trump en Estados Unidos. Porque él cree que el magnate le ganó la elección presidencial a Hillary Clinton “por el instrumento tecnológico que se usó”.

–¿Se refiere a las redes sociales como arma electoral y como espacio para decir cualquier media verdad?

–Me refiero –dice– a que ninguna tiranía en el mundo, nunca jamás, tuvo las herramientas que permiten contratar inteligencias y usar Facebook y Twitter y mandar a millones de personas un mensaje parcializado en el que el individuo recibe lo que quiere oír. Y así lo arrastran a una decisión electoral. Ningún tirano en la historia de la tierra ha tenido semejante manejo de las masas. ¿A dónde van a parar nuestras democracias si las disputas electorales se van a manejar así? Es una gran amenaza.

–¿Es la famosa “posverdad”, en la que los hechos tienen menos importancia que las emociones? Eso usaron los impulsores del Brexit en el Reino Unido, Donald Trump en Estados Unidos y ahora Marine Le Pen en Francia.

–Esa es una consecuencia de la evolución de la ciencia del hombre. No cabe duda que la mayoría de la gente primero siente y después piensa. Y que, muchas veces, el pensamiento busca la justificación racional de la decisión que tomaron nuestros sentimientos. Pensamos que el hombre era un ser racional. El grueso de la gente empieza a tomar las decisiones emocionales y después las racionaliza. Esto se sabe a partir de la ciencia del marketing, que busca la forma de vender.

–Pero hay, digamos, una masa ávida de ese tipo de mensajes…

–Hay un público que expresa el fracaso de la globalización de la economía que llevó el mundo transnacional adelante. Es también la misma fuerza que está votando a la señora Le Pen en Francia, que separó a Inglaterra de Europa, que está presente en muchos mensajes. Y no es que la gente sea mal intencionada, es que saca conclusiones con evidencias cortas. No puede ver.

–¿Y qué le parece que ahora, con Trump, Estados Unidos no quiera libre comercio y que apele, desde posturas de extrema derecha, al proteccionismo y al “nacionalismo económico”, cuando estas políticas eran más propias de la izquierda?

–¡Es que me cambiaron toda la partitura! Porque Estados Unidos durante años, décadas, dijo: “Hay que agrandar mercados, libertad de aduanas, libre comercio…”, bla, bla, bla, bla y dale y dale. Y ahora resulta que el que me dice eso es el jefe del Partido Comunista Chino (Xi Jinping). Dice: “Libertad de comercio, la globalización y todo eso”, y Estados Unidos me cambia toda la letra que me estuvo dando –se ríe Mujica–. ¡Es un mundo de locos!

“Pero juegan con los pueblos, que es lo peor”, agrega, frunciendo el ceño. “Y una de las víctimas que está ahí, en el candelero, es México”.

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