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Rumbo a la cuarta transformación de México

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Lorenzo Meyer

Coyunturas comparadas

(El Siglo de Torreón)

 

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Lorenzo Meyer 

«Al comparar dos presidencias en problemas, la de Estados Unidos y México, lo que resalta es la gran diferencia del entorno institucional en que operan»

Las comparaciones son odiosas, pero muy sugerentes. México y Estados Unidos son países muy diferentes, pero que atraviesan por una coyuntura similar: sus gobiernos tienen poco apoyo ciudadano. En el caso norteamericano, Donald Trump (DT) sólo es secundado sin reservas por 25 % del electorado, (The Washington Post, 17/7/17) en tanto que Enrique Peña Nieto (EPN) tiene la aprobación de apenas 20 %, (Reforma, 20/7/17).

Comparar ambas presidencias en esta coyuntura permite mostrar el papel del complejo institucional en que operan. En el país del norte, la presidencia se topa en cada recodo con resistencias políticas y barreras institucionales que le obligan a rectificar o disminuir el ritmo. En contraste, en México la evidente debilidad y corrupción del entramado institucional ha permitido que una presidencia sin gran respaldo mantenga el curso de un plan centrado en la búsqueda desbocada de beneficios para el grupo en el poder en detrimento del interés mayoritario.

En el caso norteamericano y hasta ahora, parte del entramado institucional resiste los embates presidenciales y empieza a llamar a cuentas, en el mexicano no.

Un conductor de un programa político norteamericano -Don Lemon de CNN-, define lo acontecido en el primer semestre del gobierno de DT, como un proyecto para modificar la institucionalidad de su país, (19/07/17). Y es que, desde el arranque de su presidencia, DT se lanzó de lleno contra los grandes medios de difusión -The New York Times, The Washington Post, CNN y otras cadenas de televisión-pero esas instituciones siguen sin disminuir su contenido crítico. DT también atacó a las instituciones electorales por, supuestamente, haber permitido el sufragio de tres a cinco millones de votantes irregulares e impulsó la creación de un comité para demostrarlo, pero este ataque sigue sin dar fruto, (http://www.nbcnews.com/politics/white-house/trump-establish-vote-fraud-commission-n757796). DT también ha chocado con el FBI y los servicios de seguridad de Estado porque éstos insisten en investigar sus relaciones con el gobierno de Rusia durante la campaña electoral. Por este motivo, la Casa Blanca ha arremetido contra su propio Procurador General, pero éste no se intimidó y el congreso citó a declarar sobre el tema al yerno y al hijo del presidente. Finalmente, el proyecto de DT está empeñado en destruir la estructura del sistema de salud heredado -el llamado Obamacare y el Medicaid- pero ha encontrado resistencias formidables.

El blitzkrieg anti institucional de DT pareciera seguir un guión elaborado por su consejero de estrategia, Steve Bannon, identificado con la «alt-right» (ultraderecha) que propone como tarea histórica de la presidencia, echar por tierra la estructura económica y política nacional e internacional actual para dar paso a una nueva que deje atrás al «Estado Benefactor» y ponga en su lugar al mercado y a un empresariado agresivo que inyecte energía al sistema mediante un proceso de «destrucción creativa» que vuelva a «hacer a (Norte) América Grande», (véase a Neil Howe, en The Washington Post, 24/2/17).

En contraste, en México, la institución presidencial, aunque sin la fuerza que tuvo durante su etapa de esplendor autoritario -1935-1994-, se sigue imponiendo a instituciones aún más débiles. Los ejemplos sobran. Para empezar, está el caso de los órganos electorales. En este 2017, EPN logró que el INE y el OPLE del Estado de México aceptaran que el PRI, pese a tener una pésima hoja de servicios en ese estado en materia de seguridad y justicia, sume otros 6 años más a los 88 que ya lleva de ejercicio ininterrumpido del poder ejecutivo y que llegue a batir un récord mundial político: 94 años sin perder ni una sola elección. Claro, el costo es que el 69 % del electorado considera que esa elección fue fraudulenta, (Reforma, 20/6/17).

Otro ejemplo son los mecanismos anticorrupción. Javier Duarte, exgobernador de Veracruz, fue presentado por EPN como prototipo del «nuevo PRI» y se le permitió una corrupción sin paralelo: al final de su mandato, la Auditoría Superior de la Federación (ASF) le encontró irregularidades por 35 mil millones de pesos, pero explicó la falta de acciones a tiempo porque la Procuraduría General de la República (PGR) -institución subordinada al presidente-, tenía pendientes 90 mil denuncias más, (La Jornada, 5/11/16). Hoy que Duarte está ante el juez, la PGR sólo pudo justificar inicialmente una acusación por desvío de 38.5 millones de pesos, aunque más tarde amplió la suma a 1,670 millones, (Reforma, 23/7/17). Y Duarte es sólo uno de los exgobernadores a los que se dejó desvalijar al erario a espuertas, especialmente mediante licitaciones de obra pública «arregladas».

Otra de las muchas zonas de desastre institucionales la lucha contra el crimen organizado. En los primeros cuatro años de este sexenio los asesinatos ya superan a los del anterior, (businessinsider.com/r-mexicos-2016-murder-tally-exceeds-those-of-many-countries-at-war-study-2017-5) y la impunidad en los delitos sigue rondando en el 95%, (María Amparo Casar, México: Anatomía de la Corrupción,CIDE, 2015, p. 56).

En conclusión, al comparar nuestra coyuntura con la norteamericana, lo fundamental no es lo evidente -presidencias que no están a la altura del desafío- sino la impotencia de las instituciones para contener el daño.

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