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Rumbo a la cuarta transformación de México

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Abraham Nuncio

Un buen presidente

(La Jornada)

 

 

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Abraham Nuncio

Andrés Manuel López Obrador tiene la convicción de que será un buen presidente de México. Tras 12 años de poner en práctica todo lo que debía hacer para triunfar en las urnas, y de mostrar en ello un tesón admirable, sería absurdo que pensara al revés. Y no sólo por lo que él hizo para sí, sino por lo que logró hacer para que Morena, su partido, pudiera obtener en términos de organización y votos lo que obtuvo y, por supuesto, por la respuesta contundente del electorado.

Aparte de ser un político sagaz y con una probada experiencia tiene aquello que sus adversarios no tenían ni poseen: acercamiento sentimental con el pueblo.

Ya desde ahora, la interpretación –con frecuencia arbitraria e injusta– y los métodos concomitantes de la institucionalidad vigente, los partidos derrotados y la parte de la burguesía que lo combatió y que se incluye en el sector privado del Estado no sólo pretenden evitar, como ya se esperaba, que López Obrador resulte un buen presidente, sino que, de ser posible, ejerza el cargo de manera tal que deje un saldo tan negativo que esa oposición pueda echar abajo su obra de gobierno y no permita la continuidad de la corriente que se agrupa en Morena con los rasgos que tiene o con otros. Un sexenio –quizá la única verdad que ha dicho el alguna vez factótum– es un parpadeo.

En América Latina, hasta ahora, los presidentes de partidos de izquierda o cercanos a ella, se han podido sostener en el poder con serias dificultades (Cuba, Nicaragua, Bolivia, Argentina, Uruguay, Venezuela, Brasil) o han sido expulsados del mismo de maneras a las que no han sido extraños el golpe de Estado y maniobras similares de apariencia legal (Guatemala, Chile, Granada, Haití, Honduras, Paraguay, Brasil).

Las dificultades y riesgos que puede enfrentar López Obrador como presidente son las que enfrentaron y enfrentan, unos en unos aspectos, otros en otros, los presidentes latinoamericanos.

El gran problema es, salvo el caso cubano, gobernar en un país capitalista neocolonizado y subsoberano. El nuestro, además, sumido en la corrupción, la ilegalidad, un gran endeudamiento, el despojo y el castigo de la tenaza del crimen coorganizado (una referencia audiovisual está en El Chapo, la serie). El problema crece cuando se piensa que los pobres son primero y es preciso impulsar varias reformas para medio nivelar el ingreso. El capitalismo genera espontáneamente desigualdad. Y sus dueños de mayor tamaño, con el ritornelo de la mancuerna productividad-competitividad, sólo piensan en acumular mayores riquezas, a costa de lo que sea: por lo general supervivencia y calidad de vida de los demás, así como salud política y ambiental.

Un par de ejemplos: Jacobo Árbenz, presidente de Guatemala, intentó ser un buen presidente. Las familias poderosas, los medios y plumas a su servicio, la Iglesia católica, la trasnacional United Fruit Company y el gobierno de Estados Unidos lo atacaron tildándolo de comunista. No cejaron en su empeño hasta detener sus módicas reformas, triturar su prestigio político y orillarlo a renunciar. En el lado opuesto está Rafael Correa, anterior presidente del Ecuador: concluyó nueve años de gestión relativamente exitosa tras tres triunfos electorales y más de un conato de golpe de Estado. Extremos han sido los casos del chileno Salvador Allende, del granadino Maurice R. Bishop y del haitiano Jean-Bertrand Aristide. Otros, más o menos recientes, con mecanismos disfrazados de legalidad han sido destituidos: el paraguayo Fernando Lugo, el hondureño Manuel Zelaya, la brasileña Dilma Rousseff.

Tras los golpes de Estado o las destituciones judiciales no se han producido la matraqueada vuelta a la democracia y menos, por supuesto, los beneficios anunciados. La derecha nunca ha estado interesada sino en la continuidad de sus privilegios y en que éstos se vean reforzados por las armas, las inversiones y el control estadunidense.

Morena tiene, en ese sentido, una gran responsabilidad. Es más fácil llegar al poder que mantenerlo y fortalecerlo. A las madrugadoras embestidas seguirán otras de mayor magnitud. Otro ejemplo: el Partido del Trabajo, en Brasil, se confió o se confundió creyendo, como suele ocurrir, que un triunfo electoral equivale a instaurar la democracia. No supo defender su triunfo en el ejercicio del poder. No preparó internamente a su militancia ni ésta acudió a las potencialidades ciudadanas para esa defensa, y la destitución de Dilma se consumó sin mayores esfuerzos. No es igual triunfar en las urnas a triunfar en la cotidiana disputa por regir la nación.

Un último ejemplo: José Mujica, el anterior presidente uruguayo es uno de los políticos de mayor estatura en América Latina. Banderas suyas fueron también la austeridad y la anticorrupción. En Una oveja negra en el poder deja constancia de sus alcances. Los gestos de amistad hacia AMLO le pueden servir a éste para conocer su experiencia de presidente airoso y orientarse mejor sobre qué sí, qué no y hasta dónde.

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