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Rumbo a la cuarta transformación de México

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José Blanco

Pensamiento vulgar

(La Jornada)

 

 

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José Blanco

Me refiero a lo que escribe Manuel Clouthier.

Platón fue el primer pensador que enunció la diferencia entre pensamiento o conocimiento vulgar (doxa) y conocimiento científico (episteme). El pensamiento vulgar es propio de cualquier persona no entrenada en el pensamiento sistemático: sus opiniones surgen de la experiencia propia. Debido a ello, es un pensamiento superficial, acrítico, sensorial y no sistemático. Manuel Clouthier es un ejemplo de quien, sin inhibiciones, escribe sin autoconciencia de lo que escribe.

El pensamiento vulgar es superficial por cuanto se nutre de lo aparente o por­que sus propias ideas son las del sentido común. Es acrítico por cuanto no existe la crítica de los instrumentos, técnicas o resultados de su propio pensamiento. Es sensorial por cuanto se basa en las vivencias y emociones de la vida cotidiana. Y no puede sino ser asistemático: lo que dice no forma parte de un sistema de relaciones que expliquen lo general y lo particular.

Manuel Clouthier es ingeniero industrial (Itesm) y empresario, y escribe a gruños sobre política y economía, dando codazos rudos sin parar.

El pasado 24 de agosto publicó un artículo titulado ¿Hombre de Estado o populista? Se refiere, desde luego, a AMLO. Escribió: No se puede gastar más de lo que ingresas, ésta es la premisa básica de todo buen administrador. Hacer lo contrario no es sostenible en el tiempo, tanto en lo personal como en lo empresarial o en el gobierno. Por la imprecisión del lenguaje y por la imprecisión de la idea, no se puede confiar en esa premisa básica de todo buen administrador. Pero, baste ver el balance de una empresa de Clouthier para hallar ingresos no sólo propios, también los provenientes de los endeudamientos, del mediano y largo plazos.

Es correcto decir que la deuda debe ser dirigida a la inversión, pero esa formulación no vale en lo personal, porque Clouthier habría evaporado así el crédito al consumo, que está ligado a ingresos futuros.

Decir que su premisa vale para las personas, las empresas y el gobierno, es una idea simplista, típicamente empresarial. Los datos con que opera un empresario son unos muy distintos de los que enfrenta un gobierno. El empresario Clouthier ve todos los días precios, ventas, costos y ganancias (o pérdidas), y cree que eso vale para el gobierno que enfrenta una economía nacional: simplismo y superficialidad.

El ingreso de una empresa en un ejercicio corriente es la suma de sus ventas más su endeudamiento. Esa suma marca el límite de lo que puede ser su gasto. En este caso el gasto posible está determinado por el ingreso: es la experiencia de un empresario. Pero el gobierno enfrenta una economía nacional donde las cosas funcionan a la inversa: el monto del ingreso nacional depende del gasto total que efectúen los agentes económicos. El ingreso nacional puede ser aumentado, por la vía del gasto, hasta el límite que imponen las fuerzas pro­ductivas instaladas y las imperfecciones de los mercados. Esto ocurre así debido a que, en una economía de mercado, el gasto de una persona (física o moral) es el ingreso de otra. Así, entre mayor sea el gasto, mayor será el ingreso. ¿Lo comprende esto el empresario Clouthier? No, porque su experiencia le dice lo contrario.

Después de escribir su premisa básica, Clouthier escribe ingenuamente que Andrés Manuel López Obrador, próximo presidente de México, deberá tener muy en cuenta estos conceptos y aceptar que la ortodoxia económica no tiene ideología, es corolario de buena administración… La ortodoxia económica resulta de la buena administración, cree el ingeniero.

Nada muestra con mayor fuerza su ayuno de lecturas, que tal gansada sobre la ortodoxia económica. Desde luego que hacer buena economía no tiene en absoluto nada que ver con la buena administración, como la entiende Clouthier. Y sobre la relación entre economía e ideología han escrito muchos de los mayores pensadores de la economía, entre otros Joseph Schumpeter, Karl Marx (¡huy!), Joan Robinson, Paul Sweezy, Maurice Dobb, Ronald Meek, John Maynard Keynes…, todos ellos con posiciones distintas y debatibles: así son las proposiciones científicas, nunca son cerradas ni absolutas. Con frecuencia los cañonazos de palabras como los de Clouthier, sólo responden al espíritu de la época, en este caso, a la pretensión insensata del pensamiento único propio del prototípico credo neoliberal.

El ayuno de lecturas de Clouthier es aún más evidente con sus proclamas políticas hablando de populismo (véase su artículo Populismo ramplón). Cree que ser populista es ser un irrespon­sable con la administración. El populismo se ha discutido por casi un siglo respecto de una gran diversidad de fenóme­nos de masas y sus líderes. Entran ahí los naródniki rusos, los populists estadunidenses, ambos de finales del siglo XIX, y Cárdenas, Perón, Vargas o Trump, o Mélenchon, o Bernie Sanders, o Kirchner, o Lula, y AMLO, este último metido ahí por voces tan autorizadas como Clouthier.

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