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Rumbo a la cuarta transformación de México

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Guillermo Almeyra

Dos concepciones sobre la Guardia Nacional

(La Jornada)

 

 

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Guillermo Almeyra

Entre varias otras peligrosísimas cesiones al gran capital financiero (Zonas Especiales, Proyecto Transístmico y Tren Maya) el presidente electo, Andrés Manuel López Obrador, plantea crear una Guardia Nacional dirigida por las fuerzas armadas según el modelo de la Gendarmerie francesa, los Carabinieri italianos, los Carabineros chilenos, la Guardia Civil española o la Gendarmería argentina, que controlan las fronteras y las regiones rurales para evitar el bandidismo y sirven también como una especie de policía militar.

Como excepción y en una situación también única, la Guardia Civil española se dividió durante la República y parte de sus jefes e integrantes combatieron contra la rebelión fascista cuya dictadura devolvió a la Guardia Civil su papel de superpolicía represiva.

Todas esas armas llamadas beneméritas fueron y son utilizadas por los gobiernos derechistas o progresistas, por los Pinochet y los Piñera, los Lago y los Bachelet, por los Kirchner o por los Macri, sobre todo contra conflictos sociales y movilizaciones obreras, campesinas o estudiantiles o movimientos independentistas como el catalán y el vasco en el Estado español o el corso en Francia y en las colonias y para controlar o evitar la inmigración de trabajadores extranjeros.

El intento de algunos de disfrazar esas superpolicías de progresistas es por consiguiente ridículo porque esas policías están subordinadas a los altos mandos castrenses que, desde siempre, protegen los intereses del gran capital y, con respecto a otros cuerpos represores, rige lo de perro no come perro.

Es cierto que las policías actuales deben ser depuradas, educadas, culturalmente preparadas para defender a los ciudadanos (no para extorsionar, robar, matar, golpear a los débiles, recibir sobornos), pero eso podría lograrse mediante su revisión y selección, dándoles instrucción cívica y sometiéndolas al control de los barrios organizados.

En cambio, AMLO –quien había calificado de anticonstitucional la utilización de las fuerzas armadas en funciones policiales– ahora pretende perpetuar la militarización del territorio nacional, creando incluso una nueva fuerza militarizada poderosamente armada (sus modelos extranjeros tienen tanques blindados, helicópteros y lanchas artilladas) que entrará con otro nombre por la puerta cuando en realidad será parte de quienes simulan irse y para colmo llama Guardia Nacional a esa Gendarmería o Policía Militar.

Las guardias nacionales nacieron de las milicias populares durante la gran Revolución francesa, se perpetuaron durante la rebelión de los obreros de la seda en Lyon y la revolución de 1848 y defendieron París en 1871 durante la Comuna hasta ser disueltas después, precisamente por su carácter democrático y popular.

Esas guardias contaban con cañones y consistían en el armamento de los ciudadanos de cada barrio y su organización en batallones, con un jefe elegido y revocable por asamblea. Coexistieron así guardias nacionales conservadoras en los barrios burgueses y guardias nacionales revolucionarias en los barrios obreros o populares. Ellas prevenían los delitos, aseguraban el orden público y eran el llamado brazo armado de la Comuna, el poder popular que desempeñaba funciones municipales, pero adoptaba también decisiones políticas.

La situación es excepcional: hay que cortarle los tentáculos al pulpo gigante del crimen organizado que forma parte del gran capital, funciona gracias a la complicidad de los bancos y mueve cientos de miles de millones de pesos; hay que barrer la mierda acumulada durante décadas de gobierno del PRI y del PAN que deseducaron a los funcionarios y fomentaron la ignorancia de las leyes y de la Constitución. (Dicho sea de paso, es absurda la pretensión de AMLO de someter a consulta popular si se aplican o no las leyes y se enjuicia o no a quienes las violaron).

Hay que dar instrucción militar en colonias, pueblos y comunidades y armas modernas y eficaces a las organizaciones –como las policías comunitarias– creadas por los ciudadanos para su autodefensa. El control popular asambleario evitará los excesos y los abusos y reducará a los guardias-trabajadores. Hay que instituir los juicios por jurado popular, con letrados como acusadores o defensores para evitar la corrupción del aparato judicial y educar en la responsabilidad cívica.

El fusil y las municiones en las casas, como en Chipre o en Suiza, ayudarán a terminar con la prepotencia de las bandas de narcos o de los matones de las empresas. La formación de miles de nuevos Villa y Zapata asegurará la defensa ciudadana de la independencia nacional ante todo intento del gobierno estadunidense.

Hay que invertir la pirámide y dar capacidad de decisión y resolución a una mayoría que, sea cual fuere su nivel de instrucción formal, sabe qué le conviene, qué es dañino, qué hay que cambiar; la ciudadanía tiene hambre después de haber sido maltratada y ninguneada desde la época de Lázaro Cárdenas.

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