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Rumbo a la cuarta transformación de México

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Arturo Rodríguez García

Volvió a tomar el Zócalo… con banda presidencial y bastón en mano

El sábado 1 Andrés Manuel López Obrador celebró la culminación de su larga trayectoria política. Aunque cumplió todas las formalidades, no se limitó a ellas, y como lo ha hecho siempre, aprovechó la atención del país para remarcar su programa de gobierno, los valores que desea fortalecer en la vida pública y su implacable crítica a los gobiernos neoliberales que precedieron al suyo. Pese a estas novedades y a la solemnidad de la ocasión, la voz y las palabras de López Obrador resultaban familiares, puesto que el escenario principal, el Zócalo de la Ciudad de México, ha sido durante décadas su campo de batalla.

(Proceso No. 2196)

 

 

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Arturo Rodríguez García

Andrés Manuel López Obrador sale de Palacio Nacional, adonde llegó horas antes, por primera vez como presidente constitucional. Camina hacia el Zócalo con una mano en alto y la agita, sonriente. Avanza por un corredor de vallas metálicas, saludando a quien alcanza entre el gentío. Algunas mujeres lloran de entusiasmo, él reparte besos y se entretiene un poco más con el grupo de edad avanzada, que suele aparecer en sus concentraciones políticas desde la Jefatura de Gobierno, y así sigue.

Más allá de diagnósticos, estadísticas y proyectos de modernización maquetados para su transmisión en pantallas gigantes –uso y costumbre de los dos sexenios precedentes–, el nuevo mandatario delinearía ofertas, con énfasis en su historia personal y política, momentos después de ser protagonista de una serie de actividades que modificaron los rituales del presidencialismo mexicano.

Hace casi 27 años que por primera vez AMLO llenó el Zócalo e irrumpió en la escena política nacional. Al frente del Éxodo por la Democracia salió con decenas de personas de la Chontalpa, en Tabasco, en protesta por un fraude en elecciones municipales y marchó hacia la Ciudad de México, donde lo recibieron 40 mil personas; acción con la que consiguió días después la nulidad de los comicios en tres ayuntamientos. Era enero de 1992.

Desde entonces, cuando no llenó el Zócalo para una campaña lo hizo para una protesta, hasta que el 1 de julio y el 1 de diciembre de 2018 la plaza se llenó para la celebración (#AMLOFest, fue su etiqueta en las redes sociales) que cambió los rituales de la vida política con su toma de posesión de la Presidencia de la República.

López Obrador está erguido, el rostro hacia arriba para iniciar la ceremonia de purificación en un templete monumental, donde integrantes del consejo consultivo del Instituto Nacional de los Pueblos Indígenas, formado por representantes de 130 pueblos, le dispensa sus consagraciones con fondo musical de confección new age. Después alterará ligeramente el texto original de su discurso para tomar de ahí la referencia y alterar el objeto del partido que creó hace cinco años, el cual lo condujo al poder:

“Después de la purificación a la investidura presidencial por los pueblos indígenas de México diría, para resumir en una frase lo que buscamos, lo que anhelamos: la purificación de la vida pública de México.”

Se comprometió a atender las demandas históricas de los pueblos indígenas. Antes, en el periodo de transición, recordó que su primer empleo fue en el Centro Coordinador Indigenista Chontal, de 1977 a 1982, y allí formó su primera base de apoyo político.

En los últimos dos años, sobre todo en diciembre de 2017 y enero de 2018, cuando Morena se alió con el Partido Encuentro Social (PES), López Obrador hacía referencias bíblicas y, aunque luego aclaraba que respetaría todas las religiones y creencias, citaba de inmediato al liberal decimonónico Ignacio Ramírez: “Yo me hinco donde se hinca el pueblo”.

La tarde del sábado 1, ya como presidente, literalmente se hincó frente a un zapoteca –damnificado del sismo de 2017– que llorando le entregó un objeto de protección en el templete donde los rodeaban los representantes de los pueblos indígenas y frente los vítores de la muchedumbre.

Atrás quedó esa exclusiva concentración de los “hombres del sistema” que desfilaban ante el nuevo presidente; también las reuniones de élite en lugares cerrados y con fuertes dispositivos de seguridad que protagonizaron Vicente Fox y Felipe Calderón; lo mismo que el evento en el que Enrique Peña Nieto reunió en el Patio Central del Palacio Nacional a los políticos y empresarios más poderosos de México, protegidos por varias líneas de policías y militares que contenían la ola de protestas que su ascenso provocó.

El ritual con pueblos indígenas y el mensaje al Zócalo repleto fue el momento más acabado de la ruptura con los viejos moldes. Para llegar ahí, salió de su casa en su Jetta, llegó al Palacio Legislativo de San Lázaro y fustigó a sus antecesores, incluido el saliente Enrique Peña Nieto, presente en el acto para la solemnidad; respondió a sus opositores panistas que le exigían bajar el precio de la gasolina, recordándoles que ellos lo aprobaron y, al llegar al Palacio Nacional, hasta concedió una breve entrevista sobre la carpeta asfáltica.

El sábado 1 hubo seguridad relajada en las inmediaciones del Zócalo, no hubo torniquetes ni arcos de seguridad, algo insólito en el sexenio que terminó, en el que se revisaba hasta niños y carriolas.

Desde temprano se instaló una valla en la ruta de López Obrador hacia el Zócalo, que era la misma de las caravanas diplomáticas, pero en las banquetas ya no estaban los policías antimotines con sus escudos, cascos y gases, sino otros en uniforme de gala, con guantes blancos.

El Zócalo en su biografía

Sus discursos del sábado 1 contuvieron prácticamente las mismas expresiones que repitió en su campaña tres y hasta cuatro veces al día, así como una lista de 100 compromisos de gobierno, incluidos los relacionados con su política de austeridad y anticorrupción.

Esos temas están presentes desde el inicio de su carrera política en Tabasco. En 1982 se incorporó a la campaña de Enrique González Pedrero por la gubernatura, pues él fue su maestro en la UNAM. En tiempos de la hegemonía priista, el veterano político ganó la elección y dio impulso a la carrera de López Obrador, que en 1983 enfrentó uno de los primeros conflictos relacionados con su posición histórica: llegó a la dirigencia estatal del PRI, pero quiso integrar comités de base para estimular la democracia participativa y el involucramiento de las comunidades en la supervisión del ejercicio presupuestal. Esto le costó la confrontación con caciques y dirigentes regionales hasta verse obligado a dejar el puesto.

Años después, cuando en 1988 quiso ser candidato al ayuntamiento de Macuspana, el PRI lo excluyó. El Frente Democrático Nacional (FDN) lo acogió, pero como candidato a gobernador de Tabasco.

Los comicios no estaban empatados con la elección presidencial que aquel año cimbró al sistema con la postulación de Cuauhtémoc Cárdenas por el propio FDN. El 9 de noviembre de aquel año se llevaron a cabo los comicios en los que López Obrador fue postulado por aquel frente conformado por el Frente Cardenista de Reconstrucción Nacional, el Partido Socialista Mexicano y el Partido Popular Socialista. Oficialmente, obtuvo 35 mil votos.

El priista Salvador Neme fue declarado ganador, por lo que la última semana de aquel noviembre López Obrador realizó una gira para denunciar el ambiente represivo y autoritario que se estaba gestando. El aparato policiaco desalojó a los simpatizantes con violencia en Nacajuca, Macuspana y Cárdenas.

Sería el primero de sus movimientos para denunciar fraudes electorales, que lo catapultarían como figura central de la fundación del PRD. Los perredistas eran objeto de una brutal represión en los estados y se estima que entre 1989 y 1994 fueron asesinados 295. Mientras el PRI negociaba “concertacesiones” con el PAN en Baja California y Guanajuato, por ejemplo, a los perredistas se les contenía con toda la fuerza del Estado.

En ese contexto, AMLO volvió a contender por la gubernatura en 1994 contra Roberto Madrazo, quien fue declarado ganador.

Esta vez el líder opositor obtuvo evidencias documentales del gasto descomunal que realizó Madrazo y convocó a la marcha que se conoció como Caravana por la Democracia. Ésta llegó a la Ciudad de México en 1995 y López Obrador volvió a llenar el Zócalo, pero al final su tentativa fue tan infructuosa como el cierre de carreteras en Tabasco. Años después encabezó otro movimiento de campesinos afectados por la industria petrolera y convocó una vez más a la resistencia civil pacífica.

Aquella vez lo alcanzó la represión policiaca y en un desalojo terminó bañado en sangre. Las imágenes de estos dos últimos incidentes fueron retomadas en medios para acusarlo de violento en la campaña sucia de 2006.

En su primer día como presidente de México, López Obrador anunció que su gobierno evitará la privatización del agua y no usará métodos extractivos que dañen el medio ambiente y agoten el agua, como el fracking. También expuso:

“Hoy inició el proceso de amnistía para dejar en libertad a presos políticos o víctimas de represalias de caciques, funcionarios o gobernantes del antiguo régimen autoritario. Se cancelarán las acusaciones penales fabricadas en contra de activistas y luchadores sociales. La Secretaría de Gobernación tiene a su cargo hacer realidad esta determinación.”

Abundó en varios puntos: con la desa­parición del Estado Mayor Presidencial y del Centro de Investigación y Seguridad Nacional, se acaba el espionaje a opositores y ciudadanos; jamás dará la orden a las Fuerzas Armadas de que “masacren al pueblo”; se respetará la libertad de expresión; “nunca el gobierno aplicará censura a ningún periodista o medio de comunicación”.

En su mensaje ante el Congreso, luego de la solemnidad de su toma de posesión, el nuevo presidente habló de su política migratoria. En el Zócalo reiteró su apuesta por fomentar la cooperación con Estados Unidos para el desarrollo económico en México y Centroamérica. Además, confirmó que los 50 consulados se convertirán en defensorías jurídicas para los migrantes.

Otras claves del discurso se conectan con su biografía: López Obrador tejió sus primeras relaciones políticas en la universidad, cuando fue acogido en la Casa del Estudiante Tabasqueño, en la colonia Guerrero de la Ciudad de México, gracias a las gestiones del poeta Carlos Pellicer, que en 1976 incluyó al joven político en su campaña para senador.

Como también fue becario, López Obrador ha insistido en la importancia de los programas de becas para estudiantes y para el aprendizaje de oficios. Además, el primer día de su mandato prometió un programa de relanzamiento para la investigación.

Todo eso enfatizó en el Zócalo capitalino, el mismo lugar donde convocó en 2006 a la resistencia pacífica contra el fraude electoral, donde antes evidenció el carácter político electoral de su desa­fuero por maniobras alentadas por el entonces presidente Vicente Fox, que retorció la función judicial para sacarlo de la contienda de aquel año.

Y ahí, en el Zócalo, en 2012, se despidió de los partidos PRD, PT y MC, que lo postularon en la segunda ocasión. Se fue a fundar Morena, partido que lo lanzó este año, en alianza con el PES y con un PT reconciliado con quien ya había sido su candidato en las dos ocasiones anteriores. Por cierto, el presidente prometió integrar un amplio programa de guarderías con base en los centros de desarrollo infantil que opera dicha fuerza política, los cuales no han estado exentos de acusaciones por malversación de fondos públicos.

Tres décadas después de militar en tres partidos (PRI, PRD y Morena), tres décadas después de su primera postulación a un cargo público (a gobernador de Tabasco, en 1988) y después de tres campañas presidenciales, Andrés Manuel López Obrador llegó este sábado 1 a la Plaza de la Constitución, donde según el cálculo oficial 140 mil personas lo vitorearon mientras reivindicaba sus persistentes ofertas.

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