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Rumbo a la cuarta transformación de México

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José Steinsleger

Paco Ignacio y el nuevo FCE (lengua y poder)

(La Jornada)

 

 

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José Steinsleger

Quizá sea inútil reiterar que todos cometemos errores, y mucho más en el mediáticamente estridente y verborrágico mundo que vivimos. Donde para decir o escribir lo que venga en gana, la libertad de expresión siempre es un buen pretexto para justificar cualquier cosa.

Aunque es claro que si tales errores provienen del poder, y son reiterativos, las cosas se complican. Por ejemplo, en el octavo Congreso Internacional de la Lengua Española (¿o castellana?), celebrado a finales de marzo en Córdoba, su majestad Felipe VI recordó a los argentinos que “…vuestro José Luis Borges [sic], dejó escrito que el idioma no es sólo un instrumento de comunicación sino una tradición y un destino”.

Es posible que el rey de todas las Españas haya tenido en mente al ex presidente Vicente Fox, cuando en el segundo Congreso (Valladolid, 2001), cambió también el nombre del escritor llamándolo José Luis Borgues [sic]. No problem. A Dios gracias, ahí estaba la diligente presidenta del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (Conaculta), Sari Bermúdez, quien salió en defensa de su jefe asegurando que fue un ­desliz.

¿Desliz…? En 2010, cuando el marqués Vargas Llosa recibió el Nobel de Literatura, Fox escribió en su cuenta de Twitter: ¡Felicidades Mario, lo hiciste! Ya son tres, Borges, Paz y tú. Y poco importó si el autor de El Aleph había sido galardonado por la Academia Sueca, porque al fin de cuentas se lo merecía. ¿O no?

En todo caso, más interesante resultó el ex presidente Enrique Peña Nieto en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara (2011), cuando manifestó que un libro que habría marcado su vocación por la política fue La silla del águila, cuya autoría atribuyó a… Enrique Krauze. El autor verdadero, claro, era Carlos Fuentes. Pero, ¿que más daba si Peña Nieto y Krauze tenían a Fuentes entre ceja y ceja?

Lo importante es que ni Fox ni Peña Nieto fueron populistas. Con lo cual, gozaron de patente de corso para ejercer su derecho a pensar distinto. Como Pinochet, que en más de una ocasión decía que antes de hablar, iba a decir algunas palabras. O el ex presidente argentino Carlos Menem, cuyo libro de cabecera eran las obras completas de Sócrates [sic].

¿Políticos tropicales? Puede ser. Pero algunos recuerdan a Dan Quayle, el vicepresidente de Estados Unidos con George Bush padre (1989-93), luego de una gira por América Latina. Quayle lamentó “…no haber estudiado más a fondo el latín en la escuela, para conversar con esa gente”. O el presidente Bush hijo, quien aseguraba que si se le enseña a un niño o una niña a leer, “…él o ella podrá aprobar un examen de lectura” (Washington, 21/2/01).

En el Congreso de Córdoba, las palabras de Felipe VI nos dejaron pensativos. ¿Que nuestro idioma sería tradición y destino? En todo caso, una tradición gloriosa, y un destino de mierda. Así pues, el monarca prefirió omitir las enredadas palabras de inauguración del presidente Mauricio Macri (con serias dificultades para hablar de corrido), al definir la lengua española como nuestro mayor activo [sic], comentando:

“Imaginemos si acá los argentinos hablásemos argentino, y los peruanos, peruano, y los bolivianos boliviano, y necesitásemos traductores para hablar con los uruguayos… La lengua española, que es la segunda más hablada, nos unió [sic]”. Con lo cual, a los pueblos originarios de América les asiste mucha razón al decir que no entienden la castilla.

De ahí el atinado nombramiento del presidente Andrés Manuel López Obrador, al elegir a Paco Ignacio Taibo II (PIT II) como director del Fondo de Cultura Económica (FCE). Histórico desafío. Y como era de esperar, las vírgenes vestales de la cultura cosmopolita se treparon a la lámpara recordando la cuna natal de PIT II (Gijón, 1949).

Pero si vamos por ahí, no sólo tendrían que haber cuestionado al autor de la formidable trilogía Patria (2017), en la que recogiendo el legado del vasco y prócer de la independencia Francisco Javier Mina (1789-1817), mostró con impar, documentada y emotiva honestidad intelectual, la insondable diferencia entre aquellos liberales que forjaron el espíritu nacional de los mexicanos, y la impostura ideológica de los que durante 35 años saquearon, empobrecieron y rifaron a la patria en las mesas del casino neoliberal.

Así pues, a palabras necias… oídos atentos: “¡Hay una revolución en este país, hombre! Ya que se enteren…”, replicó PIT II a la bola de aristócratas de tercera, sin derecho al paraíso (Proceso, 2210, 10/3/19). Y al diario Página 12, de Buenos Aires: “Traemos [al octavo Congreso de la Lengua] una perspectiva guevarista-bolivariana… hay que volver a hacer de esto un continente que se hable a sí mismo… voy a decir que alguien rompió la continentalidad del idioma, y hay que reconstruirla desde abajo, no desde arriba”.

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