Pedro Miguel

En deuda con Assange

(La Jornada)

 

 

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Pedro Miguel

El fundador de Wikileaks sabe perfectamente lo que hace y a lo que se expone: confrontar a la máxima potencia mundial y sus principales aliados –que son potencias por derecho propio– en condiciones de desventaja brutal: una pequeña organización, limitada en recursos con muy pocos integrantes, ha sido capaz, sin embargo, de poner en jaque al gobierno de Estados Unidos y a muchos otros, de cimbrar la complejísima red de relaciones mundiales de Washington y de modificar de esa manera las relaciones de poder del mundo contemporáneo. La difusión de los Papeles de Afganistán, de los Papeles de Irak y de los cables del Departamento de Estado, nueve años más tarde, marcó un parteaguas para los gobernantes, las sociedades y los medios de todo el planeta. Para llevar a cabo tal hazaña es necesario tener una excepcional comprensión del mundo, un propósito claro y un programa de acción definido, y Julian Assange los tiene y supo transmitirlos a su organización. Su historia no es la de un travieso desorientado ni la de un enfant terrible de la informática, como lo han querido presentar a posteriori los medios occidentales que engordaron su circulación y su tráfico gracias a los materiales informativos que Wikileaks les entregó de manera gratuita; ahora se refieren a Assange como “el hacker australiano” y le niegan las facetas de periodista, de pensador y de activista que conviven en este perseguido planetario.

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